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jueves, 12 de enero de 2023

CURA A MUCHOS ENFERMOS

según san Marcos 1,29-39 

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 

Curó a muchos enfermos 

El evangelista nos presenta el retrato de una jornada típica de Jesús. Después del primer exorcismo, el primer milagro: la curación de la suegra de Pedro, a la que dice la Palabra que “la cogió de la mano y la levantó”. Es la mano misericordiosa de Jesús la que nos levanta. Y no es baladí ese gesto, sino que tiene una trascendencia más allá de la figura teológica que intuimos. 

Levantar a aquella mujer significa devolverle su dignidad, traerla de vuelta e insertarla en la familia, en el grupo social al que pertenece y devolverle la capacidad de dar amor en el servicio ordinario que apenas sobresale. A esa primera curación milagrosa, siguen otras muchas porque se corre la voz de que el nazareno Jesús cura de las dolencias del alma y del cuerpo.

La suegra de Pedro que al ser curada se puso a servir. El valor del servicio, de la entrega, de la donación, del salir de uno mismo al encuentro de lo que necesita el otro. Nuestra vida encuentra su sentido cuando nos lleva al servicio de los demás. Mirar al Señor es entrar en el camino del servicio, el que más ame que más sirva. “Aprended de mí”, -nos dice el Señor-, el que se puso a lavar los pies de los discípulos. El amor desemboca en el servicio, en la entrega.

El episodio que narra Marcos nos ayuda a conocer lo que significaba la oración para Jesús. La víspera había sido una jornada dura. Jesús «había curado a muchos enfermos». Las gentes de Cafarnaúm hablaban de El: «La población entera se agolpaba» en torno a Jesús. Todo el mundo hablaba de él. 

 Esa misma noche, «de madrugada», entre las tres y las seis de la mañana, Jesús se levanta y, sin avisar a sus discípulos, se retira al descampado. «Allí se puso a orar». Necesita estar a solas con su Padre. No quiere dejarse aturdir por el éxito. Solo busca la voluntad del Padre: conocer bien el camino que ha de recorrer.

En medio de su intensa actividad de profeta itinerante, Jesús cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Los evangelios han conservado el recuerdo de una costumbre suya que causó honda impresión: Jesús solía retirarse de noche a orar.


Uno de los rasgos más positivos en el cristianismo contemporáneo es ver cómo se va despertando la necesidad de cuidar más la comunicación con Dios, el silencio y la meditación. El cristiano de hoy, y cada día más, siente la necesidad de vivir de manera más contemplativa.

“Jesús, […] encuentra una humanidad enferma, enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios. 

 Nos toma de la mano con su palabra, 

 Nos toma de la mano en los sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediante la absolución en el sacramento de la Reconciliación. 

 […] el Señor se encuentra con nosotros, nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de su palabra, con el don de sí mismo.

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