DOMINGO XVIII
"Dadles vosotros de comer"
Vivimos en un mundo donde abundan los medios, pero a menudo escasean el tiempo, la escucha y la cercanía. El milagro de los panes y los peces nos recuerda que Jesús no parte de lo que falta, sino de lo poco que estamos dispuestos a ofrecer.
Cuando ponemos nuestras capacidades, nuestro tiempo o nuestro corazón en sus manos, Él los multiplica. Hoy el hambre no es solo de pan: muchos tienen hambre de esperanza, de sentido, de una palabra amable y de alguien que no pase de largo.
El Evangelio nos invita a dejar de preguntarnos si tenemos suficiente y empezar a compartir lo que somos. En las manos de Dios, lo pequeño nunca es insignificante: siempre puede convertirse en alimento para muchos.
El EGOISMO divide y la GENEROSIDAD multiplica.
Jesús percibe nuestros problemas, nuestras debilidades, nuestras necesidades: invita a convertirnos a la fe en la Providencia, a saber compartir lo poco que somos y tenemos, y no cerrarnos nunca en nosotros mismos.
Necesitamos de Cristo como Pedro cuando siente que se hunde. Ese grito de “Señor, sálvame” es el mismo que pronunciamos cualquiera de nosotros cuando nos damos cuenta de que, sin Dios, nada podemos y que necesitamos de su misericordia para sobreponernos a las limitaciones.
A Dios se puede ir de dos maneras: por las malas, (como el fariseo) en plan de exigencia o por las buenas, (como el publicano) en plan de indigencia. No es cuestión de “puños cerrados” sino de “manos abiertas”.
Y la mujer cananea nos brinda el mejor ejemplo: perseverar en la fe. Y Jesús, que es el mismo ayer, hoy y siempre, nos dirá: “qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Señor yo creo, pero aumenta mi fe; dame la fe de la mujer cananea.
¿Qué hacía de Jesús un hombre transfigurado? Y ¿en qué se notaba? Según los datos que nos aportan las narraciones evangélicas, lo que mostraba a Jesús como un hombre transfigurado era su bondad, su compasión, su autenticidad, su integridad y coherencia, su libertad, su vivencia de Dios”
Sabemos mucho de ganar el mundo, de conquistar las cumbres de la fama, el reconocimiento o el bien vivir, pero no sabemos nada de ganar el alma. Y hacemos muy poco por saberlo. Quizá porque se nos ha olvidado y no encontramos quién nos lo recuerde, convencidos de que la fe es una muleta para nuestro crecimiento personal o nuestra realización individual en vez de una escalera hacia la vida eterna.
Dios quiere que nos fiemos plenamente de Él, que sintamos en carne viva los problemas de la gente, que cambiemos de vida y nos convirtamos al Evangelio.
No se trata de mover montañas de tierra sino creer en la fuerza del evangelio para mover montañas de prejuicios y dificultades a la hora de implantar en el corazón de las personas los criterios del Evangelio.
Con el evangelio en las manos o en los labios, no podemos hacer mucho. Con el evangelio en el corazón, hecho vida y experiencia, tenemos la mejor levadura para transformar este mundo.
DOMINGO VII DEL T. ORDINARIO
El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido.
No siempre brilla a primera vista ni se impone con estruendo. Hay que detenerse, mirar con otros ojos y estar dispuesto a cambiar las prioridades para descubrirlo.
Vivimos rodeados de ofertas que prometen felicidad inmediata: el éxito, la imagen, el reconocimiento, las prisas. Sin embargo, muchas veces terminan dejando un vacío.
El Evangelio nos recuerda que el verdadero tesoro no se compra ni se fabrica: se encuentra cuando dejamos espacio a Dios en la vida.
Quien descubre ese tesoro comprende que merece la pena "venderlo todo": desprenderse del orgullo, del miedo, de la superficialidad o del resentimiento. No porque Dios quite algo, sino porque nos regala mucho más de lo que podríamos imaginar.
Hoy, en medio de un mundo acelerado y distraído, Jesús nos pregunta: ¿Qué consideras tu mayor tesoro? La respuesta a esa pregunta marcará el rumbo de nuestra vida. Porque cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su verdadero sentido. Y cuando optamos por la hojalata...nuestra vida es lo que es.
Este domingo a que reafirmemos nuestra fe en Jesús. A que le digamos: ¡Eres lo más valioso! ¡Lo demás al lado tuyo es bisutería. Que el Señor, en este domingo, nos haga limpiar más aún ese gran tesoro de nuestra fe.
Señor, te pido que me enseñes a ser humilde. Cuanto más alto se quiere hacer un edificio, más profundos han de ser los cimientos. Y el gran edificio de la vida cristiana y de la santidad sólo se puede edificar sobre los hondos cimientos de la humildad. Señor yo quiero ser pequeño y humilde.
La fe nos invita a saber convivir con el pecado y así vencer al mal con el bien, ha hacer frente en la vida de cada día a las dificultades y pruebas de todo tipo. Mientras, tenemos que practicar la paciencia como hace Dios con nosotros hasta que al final de los tiempos brille la luz del bien y reine el amor.
Se dirige a Jesús con un lamento, como tantas veces hacemos nosotros mismos en la oración, penosos de que la omnipotencia divina no se haya manifestado a nuestro favor. Sólo que en Marta prima la fe en Jesús.
Así estamos llamados a vivir nosotros, como Juan el Bautista, seguros en el Señor, confiados en Él, pendientes más de su juicio que el de los hombres.
DOMINGO XVI
¿LEVADURA YO, SEÑOR? Y, cuantas más veces me lo pregunto, Señor, otras tantas Tú me contestas: ¡Te necesito como sal, y no como salero! ¡Como rayo de luz, no como gran astro! ¡Como gota de agua que calme la sed, y no como torrente que inunde todo a su paso!
¿LEVADURA YO, SEÑOR? Y, cuando veo lo que siembro y no recojo, siento, una y otra vez, que Tú me respondes: no te toca a ti exigir, sino sembrar no te corresponde a ti recoger, sino abonar no mires hacia atrás, pues quien lo hace, corre el riesgo de no construir hacia delante.
¿LEVADURA YO, SEÑOR? Y, la impaciencia, me invade, Jesús, y Tú lo sabes; cuando me esfuerzo, y no fructifica mi trabajo cuando hablo, y siento que pocos me escuchan cuando cuido tu campo, y apenas siento un agradecimiento humano
¿LEVADURA YO, SEÑOR? Lo intentaré por Ti, mi Señor; porque, bien sé, que Tú eres el dueño del tiempo porque, bien sé, que Tú eres el Señor de la historia porque, bien sé, que Tú vences sobre el mal y la mentira porque, en lo invisible, sé que Tú sigues vivo y operante
¿LEVADURA YO, SEÑOR? ¡Lo intentaré contigo, mi Señor! Incluso en medio del combate y de la desesperanza A pesar de las contradicciones y las resistencias Frente al maligno que lo invade y lo confunde todo, te prometo, Señor, que intentaré ser levadura de tu Reino Levadura que no se ve, pero hace crecer el pan de la fraternidad Levadura que no se percibe, pero sazona la dureza de los corazones Levadura que, en justa medida, haga que, mi mundo, tu mundo Señor, sea un oasis de paz, de amor, de alegría y de fe.
¿LEVADURA YO, SEÑOR? Dame un poco de tiempo Dame un poco de tu fuerza Dame un poco de tu Espíritu Dame un poco de tu Evangelio… y sé que llegaré, contigo, donde haga falta.
Amén
El Reino de los Cielos no crece a golpe de prisas sino con la convincción de la fe.
Tú has entrado a formar parte de la familia de Jesús desde el momento en que te bautizaron. En las aguas bautismales, el sacerdote infundió el Espíritu Santo para que inhabite en ti. Y, desde ese
momento, somos familia de Jesús. Familia espiritual.
Ver y escuchar, porque se trata de eso. Ver al Señor resucitado y al mismo tiempo, escuchar lo que nos dice para llevarlo a los demás. Para ello hay que dejarse adentrar en una experiencia de amor,
Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto. El sarmiento podado llora savia; parece que se le va la vida. Pero todo viñador sabe que esa es la manera de que dé más fruto. El instrumento mejor de una buena poda es la Palabra de Dios. Palabra de Dios, savia de nuestra oración primero, para luego ser savia de vida.
Esta parábola tiene que hacernos reflexionar sobre mi vida y mis actitudes respecto a Dios, el Decálogo, el Mandamiento nuevo del Amor y cómo puedo hacerlo Vida en mi vida y en la de mis hermanos los hombres, tanto los que están en el camino como los que están entre las zarzas... y esperar confiados en que mi palabra y mis actos lleven en verdad al Señor a este mundo difícil al que nos toca amar y servir.
“No sabéis pedir”. ¿Es posible que haciendo oración todos los días, me digas que no sé pedir? Con humildad, debo confesar que es así.
Dime Tú cómo tengo que pedir. Haz que yo esté dispuesto a beber la copa que Tú ya has bebido
DOMINGO XV
QUIERO, SEÑOR
Ser campo, donde tu mano siembre, y trabajo donde yo me afane. Ser camino por donde tú te acerques, y sendero por el que otros, al avanzar con ellos, puedan llegar a conocerte y amarte.
QUIERO, SEÑOR Que las piedras que entorpecen tu gran obra las deje a un lado, con la ayuda de tu Palabra Que la superficialidad en la que navego dé lugar a la profundidad de tu Misterio
QUIERO, SEÑOR Que nunca se seque en mí lo que, en mi Bautismo, Tú iniciaste Que las zarzas del materialismo no ahoguen la vida del Espíritu que en mi alma habita Que el sol abrasador, de la comodidad o del materialismo, nunca sean más grandes que mi deseo de amarte, seguirte y ofrecer mi vida por Ti.
QUIERO, SEÑOR Dar el diez, o el veinte o el treinta por ciento por Ti y por tu Reino, más, bien Tú lo sabes, que eres el Dueño de mi hacienda el responsable de mis campos la mano certera de mis sembrados
QUIERO, SEÑOR Que lo que me des, yo esté dispuesto a entregarlo a todos aquellos que todavía no te conocen
QUIERO, SEÑOR Que, siendo campo con tantas posibilidades, metas Tú, la mano del Buen Sembrador, y recojas lo que más necesites para el mundo y para mis hermanos
Amén.
No quieres falsas paces, sino la “verdadera paz”. No quieres falsos amores, sino el “verdadero amor”. No quieres falsas felicidades, sino la “verdadera felicidad”. No quieres que haga muchas cosas y yo descuide mi persona. Tú deseas que “me haga a mí mismo”, es decir, me cambie, me transforme, me realice. Dame tu gracia porque “sin Ti no puedo hacer nada”.
Yo he recibido de Ti inmensos dones, gracias abundantes, y no obstante, no soy nada fino ni delicado contigo. Hay dentro de mí mucha pereza, mucha indiferencia, mucha tibieza. Haz, que de hoy en adelante, cambie el rumbo de mi vida y sepa responder con amor de gratitud al derroche de amor que Tú has tenido conmigo.
Cuántas muestras recibimos de su amor! Qué diferente sería nuestra vida si gastáramos cada momento valorando lo que tenemos y diéramos gracias a Dios por todo lo que permite en nuestra vida, fácil o difícil, gozoso o arduo. Dios es bondadoso. Dios es rico en ternura. Dios es Padre. Dios es misericordioso.
Señor, dame la sensatez necesaria para saber distinguir lo esencial de lo accidental.
Ante tantas preocupaciones sociales y eclesiales, que inquietan nuestro corazón, tenemos que mirar siempre a Jesucristo, aprender su estilo, confiar en Él, que vocea ni pisotea, que no impone ni obliga, que pasa con suavidad, discretamente, humildemente, sanando y haciendo presente el Reino.