V DOMINGO DE PASCUA
¡TE QUIERO, PORQUE ME HACES FALTA!
Sí, Jesús; Hace mucho tiempo que me abandoné y hasta me perdí por caminos aparentemente llanos, y, al recorrerlos, me di cuenta que eran inciertos, inseguros y con final oscuro. Miré, y comprobé que caminabas a mi lado.
¡Gracias, Señor! Un buen día, comencé a creerme lo que, a mí mismo, me decía, olvidé tus Palabras, dejé de escucharlas. Me interesaban aquellas otras rojas y blancas verdes y amarillas que se sostenían en el altavoz del escaparate del engaño.
Afiné mi oído, Señor, y quedé desnudo ante la VERDAD de tu persona. Eres amor que no engaña Eres amigo que no falla. Miré, y comprobé, que mi vida era una gran mentira
No sé cómo ni cuando, pero una tarde pensé en la vida y en la muerte, reflexioné sobre la muerte y la vida, y, al mirarme a mí mismo, comencé a sentir llagas de preocupación heridas de sufrimiento cicatrices de dolores y de debilidad.
Levanté mis ojos a tu cruz, Señor, y me quedé asombrado de la VIDA de tu VIDA de la fuerza de tu VIDA del amor de tu VIDA.
Por eso, Señor, no puedo menos en este día que decirte y pregonar a los cuatro vientos: TÚ, SI QUE ERES CAMINO, VERDAD Y VIDA.
Y, ¿sabes, Señor? En mi camino, mi verdad y mi vida, siempre me haces falta. Amén

En realidad, te la está dirigiendo a ti: hace tanto que está contigo, ¿y todavía no lo conoces? Conocerlo de amarlo, de sentirse en intimidad con el Jesús sacramentado en el sagrario que se da a nosotros en la eucaristía.
Todos vosotros, en efecto, oís las palabras del que os habla, pero no todos percibís de igual modo lo que significan… El Espíritu Santo es el gran artífice de las transformaciones en nosotros”.
En el Evangelio de hoy el Señor nos ofrece la PAZ. La paz a la que se refiere es el resultado de una unión íntima con Él. Es un fruto de la presencia del Espíritu Santo en nuestras almas, y que hay que pedir en la oración humilde.
Estamos invitados a vivir nuestra vocación de amor, para el amor y en el seguimiento a quien tanto nos ama.
Te invito a que abras tu corazón al amor incondicional de Dios, que es el Espíritu Santo, y sentirás ese torrente de amor que invadirá todo tu ser. Entonces sabrás lo que es la alegría del cristiano, y la podrás repartir a raudales con todos. De eso se trata el mandato de Jesús. Créeme, el amor es contagioso.
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