DOMINGO XIV
QUÍTAME PESO, SEÑOR
Del yugo de mis preocupaciones, para que así, pueda también pensar en Ti. Del madero de mis ambiciones, para que mirándote a Ti, me sienta afortunado y lleno de tu presencia QUÍTAME PESO, SEÑOR
Del yugo de mis prisas, para que caminando contigo, me detenga ante lo importante y esencial de la vida y pase de largo de aquello que no me deja vivir en paz Del yugo de mis cansancios, para que apoyándome en Ti, avance seguro y firme por los senderos de tu verdad
QUÍTAME PESO, SEÑOR De las ansiedades que producen el tener y el aparentar y, disfrutando de lo que poseo, te dé gracias por ser mi compañero, amigo y confidente
QUÍTAME PESO, SEÑOR Del yugo de mis decepciones y de mis expectativas, de mis egoísmos y vanidades para que, fijándome en Ti crea firmemente que, entre todo lo bueno, eres lo mejor: pecho en el que poder arrimarme para escucharte hombro en el que apoyarme para progresar corazón en el que poder asomarme para amar oasis en el que poder sentarme para descansar
¡QUÍTAME, DEL YUGO DE MI VIDA, ALGO DE PESO… SEÑOR
Que la Virgen María, en este tiempo ordinario que retomamos, nos haga disfrutar del oasis de paz y de energía espiritual y humana que es Jesucristo. Para el cristiano no existen los momentos críticos sino la mano de Dios que sale a su encuentro cuando le confía sus angustias, temores y luchas.
Hoy Cristo está presente, podemos descubrir su presencia en medio de nosotros y acercarnos con confianza. Él quiere que le toquemos a través de la acogida de su Palabra, en la amistad de la oración, con la celebración de los sacramentos, con nuestro abandono en Él. ¡Dejemos que Jesús nos toque y nos transforme totalmente!
Nosotros mismos podemos experimentar esa desorientación en nuestros círculos más próximos, con personas que caminan mudas aunque hablen mucho, alejadas de Dios por el pecado.
Hoy sigues llamando con la misma fuerza, con la misma ilusión, con los mismos detalles: les llamaste a cada uno por sus nombres. Cada uno de los apóstoles, todos tan distintos, todos tan singulares y, sin embargo, todos tan queridos por Ti.
Yo hoy te doy gracias por haberme llamado. Es lo más hermoso que ha ocurrido en mi vida.
Cuando llegue el momento se nos invitará a confiar, «no os preocupéis», no estamos solos. » yo estaré con vosotros siempre». El Espíritu hablará por vosotros. Confía, abandónate y descansa en el Señor. Es la perseverancia y la fidelidad la que consigue el triunfo.
Hoy la Iglesia venera a S. Benito. Ese hombre feliz y contento con su Dios. Lleva en sus labios la alabanza, en sus manos su actitud de servicio y en su corazón su encendido amor a Jesucristo.
DOMINGO XIII
A veces da miedo comprobar cómo algunos se empeñan en mirar constantemente hacia atrás, no para aprender, reconciliarse o curar las heridas, sino para reabrirlas. El pasado debe iluminar el presente, no envenenarlo. La memoria es un regalo cuando nos ayuda a crecer; se convierte en un peligro cuando alimenta el rencor y la división. Jesús nos invita a mirar hacia delante, a construir puentes y no trincheras, a sembrar esperanza y no resentimiento. Quien vive anclado en las heridas del ayer difícilmente podrá descubrir las oportunidades que Dios le ofrece hoy. El discípulo de Cristo no vive prisionero del pasado, sino impulsado por la esperanza.
jugar en bolsa”. No precisamente en aquella que el mundo económico propone para enriquecerse abusivamente. El cristiano convencido, ha de estar dispuesto a perder de lo suyo (tiempo, bienes materiales, esfuerzo) para que un día Jesús pueda reconocernos como aquellos que se arriesgaron y arriesgaron abundantemente en su nombre y en favor de los demás.
Señor, en la fiesta de San Pedro me siento limitado como él; pecador como él; pero también muy querido de Ti como él. Haz que, como Pedro, yo también sepa superar mis pecados, mis deficiencias, mis negaciones, por la fuerza de mi sincero amor. Haz que, como Pedro, sienta de cerca tu perdón, tu fiel amistad, tu amor desbordado hacia mí. Y que, con la abundancia de tu amor, sepa yo también amarte con todo mi corazón
Cuando te encuentres con la tempestad que te cambia la vida....no pierdas la paz, recuerda que Jesús dirige tu barca y con El eres más fuerte.
Gracias por tu poder sobre los elementos de la naturaleza y, sobre todo, tu poder para liberar al hombre de todo lo que le oprime, le envilece, no le deja ser persona.
Hoy, Señor, vengo a la oración para que me cures. Es un grave error el pensar que los milagros que tú realizaste en otro tiempo sólo se referían a aquellas personas que vivían en el siglo primero y entraron en relación contigo. Lo importante es el significado de aquellos acontecimientos que tendrían un valor perenne y permanente para todos los tiempos. Hoy soy yo el que quiero aprovecharme de aquel milagro. Hoy necesito que me cures mi parálisis espiritual.
«Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, tenemos que curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las llagas de Jesús, y esto literalmente. Pensemos, ¿qué pasó con San Francisco, cuando abrazó al leproso? Lo mismo que a Tomás, que su vida cambió».
Señor, te agradezco la frescura del evangelio. No habla ni de miedos ni de tristezas. Hablas de bodas, de comidas, de encuentros, de amistad, de fraternidad. Contigo, Señor, se acabó la religión de la distancia, la religión de la tristeza, del sentimiento de culpabilidad, de vivir como esclavos. Contigo está la juventud, la alegría y la fiesta. Contigo, da gusto vivir.
DOMINGO XII
"No tengáis miedo", repite Jesús en el Evangelio. No porque los problemas desaparezcan, sino porque la fe nos permite mirarlos de otra manera.
La fe no borra las dificultades, pero nos blinda ante ellas. Nos hace fuertes cuando llegan las pruebas. Nos ayuda a descubrir que toda moneda tiene otra cara, que detrás de cada noche puede amanecer un nuevo día y que ninguna herida tiene la última palabra cuando Dios camina a nuestro lado.
El miedo, en cambio, paraliza. Nos hace más pequeños de lo que somos. Nos impide ser nosotros mismos. Nos vuelve esclavos de la opinión ajena, de las dudas y de la inseguridad.
Por miedo dejamos de intentarlo, de amar, de perdonar, de confiar.
La fe no elimina el miedo, pero le quita el mando de nuestra vida. Porque quien sabe que está en las manos de Dios puede caminar con serenidad incluso en medio de la tormenta. El miedo encierra. La fe libera.
El miedo oscurece. La fe ilumina. El miedo nos hace retroceder. La fe nos ayuda a seguir adelante.
la exhortación que hoy nos hace Jesús es a mirarnos a nosotros mismos, en un ejercicio de introspección que alumbre la verdad de lo que somos y cómo lo somos, antes de desparramar la mirada sobre los demás.
Dios mío, ¿qué he hecho de tanto derroche de amor? Muchas veces lo he tirado, lo he malgastado, lo he malogrado. ¡Me pesa, Señor! Y quiero emplear ya toda mi vida en tu servicio.
Nosotros continuamos la labor de Juan: hacer presente a Jesús en nuestro mundo, su persona, vida y evangelio. Huir de predicarnos a nosotros mismos, sino a él. Algo de lo que advertía ya san Pablo. Necesitamos para ello tiempo de oración, reflexión; vivir en nuestra sociedad sin dejarnos envolver por la aceleración de procesos,
Señor, qué bonita la expresión de aquel centurión: “No soy digno de que entres en mi casa”. Es una fórmula que repito todos los días antes de comulgar; pero puede convertirse en una fórmula vieja, fría, carente de sentido.
DO,IMGO XI
Hay una urgencia en la misión que Jesús les encomienda a los Apóstoles: proclamar que el Reino de los Cielos está aquí. Para que el Reino sea ya una (, limpiar leprosos y arrojar demonios. Es precisamente la instauración del reino lo que dará origen al hombre nuevo, transformado, convertido.
Debemos dar gratis lo que hemos recibido gratis. Somos elegidos para un programa liberador: para anunciar y dar vida. Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas normas morales y unas leyes eclesiásticas.
Nuestra primera tarea, también hoy, es proclamar que Dios está cerca de los hombres y mujeres, empeñado en darnos vida y felicidad.
Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Él te ha llamado por tu nombre y tan solo está esperando tu respuesta. Anda, ábrele la puerta. Y cuando te diga: “Sígueme”, no lo pienses; ¡síguelo! Créeme, no te arrepentirás.
Se trata, como escribirá Pablo, de no dejarse vencer por el mal, sino vencer al mal con el bien.
Señor, que propone amar sin reciprocidad, sin esperar nada a cambio, sin tener ningún motivo por el que amar a quien -en los cálculos humanos- no se lo merece, simplemente a imagen de la gratuidad con que Dios manda la lluvia y hace salir el sol cada día sin excluir a ninguno de sus hijos de sus beneficios ni exigir nada a cambio.
Hoy, Señor, te pido que me enseñes a orar. Los judíos rezaban mucho, pero estaban muy lejos de la oración de Jesús.
Yo te pido que me enseñes a orar como Tú orabas: con aquella sencillez, humildad, confianza y ternura con que un niño habla con su Papá. De esta manera mi oración me llevará hasta el mismo corazón del Padre.
Señor, en el evangelio de este día nos hablas de un tesoro. Y para mí, el único tesoro de mi vida eres Tú.
Me pregunto: ¿Y qué pasaría de mí si Tú no estuvieras? Mi vida sería una vida malograda, una vida sin sentido. ¿Dónde dirigir mi mirada si no pudiera verte? ¿Dónde inclinar mis oídos si no pudiera oírte? ¿Hacia dónde elevar mis brazos si no fueras mi norte? ¿En quién inclinaría mi cabeza cansada si tu corazón estuviera ausente? Sólo en Ti descansa mi alma.
Pensemos en alabarle, bendecirle, agradarle. Caigamos en la cuenta de lo maravilloso que debe ser una vida entregada a Dios y a los hermanos, sin pensar en otra recompensa que el agradar a DIOS en todo.



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