DOMINGO XX
Un deseo para mi vida: creer sin desfallecer Un deseo para mi gente: que te quieran como yo te quiero Un deseo para mis enemigos: que podamos darnos la mano
¿ME LO CONCEDES, SEÑOR? Un deseo para mi cuerpo, que sea fuerte y con mi voz y mi garganta, con mi corazón y mis manos con mis pies y todo mi ser… te pueda seguir dando gloria.
¿ME LO CONCEDES, SEÑOR? Un deseo para mi alma, que el maligno no habite en ella Un deseo para mis días, que no busque lo que no me corresponda Un deseo para mi Iglesia, que nunca se canse de mirar hacia Ti Un deseo para mis ojos, que sepan descubrirte en todo y sobre todo
¿ME LO CONCEDES, SEÑOR? Un deseo para mi pobre oración, que sea sincera y no interesada Un deseo para mi caridad, que sea grande y no una farsa Un deseo para mi esperanza, que espere y nunca te deje de lado
¿ME LO CONCEDES, SEÑOR?
Con la oración, Dios, hace que se haga más grande nuestro deseo de anhelar y buscar lo que pretendemos.
Es en el amor de Dios donde nos abrimos al amor, y nos capacita para poder amar al otro, es en su amor donde aprendemos a ver a los demás desde el corazón de Dios y reconocemos en los demás a aquellos por los que el Señor ha dado su vida amándonos hasta el extremo.
Los discípulos afirmaron que lo habían dejado TODO por el Señor, ¡que difícil es dejarlo TODO! No reservarte nada, entregar tu corazón, tu tiempo, tus afectos, tus dones y también tus pecados… entregarlo TODO. Todo lo has recibido, Todo lo entregas, no te reservas nada.
esta parábola me da alegría y esperanza. Tú invitas a un banquete de bodas. Los cristianos, Señor, sabemos trabajar contigo, sufrir contigo, pero no hemos aprendido a disfrutar contigo. Hoy nos invitas a la alegría y a la fiesta. ¡Gracias, Señor!
Jesús traza una cruz, el astil sirve para proyectar el amor que proviene de Dios y que a él le devolvemos; el travesaño figura el amor que abarca a los hermanos, a todos; y la cruceta es donde estás tú, donde tienes que saber amarte para poder trasvasar luego ese amor a Dios y al prójimo.
Señor, hoy en mi oración sólo te pido una cosa: que llegue a comprender tu mensaje, el proyecto del Padre sobre la humanidad, que llegue a descubrir aquello que más le agrada al Padre: el vernos unidos; y también lo que más le duele: el que rompamos esa unidad
DOMINGO XIX
A que tu barca, la barca de tu Iglesia, me lleva a horizontes desconocidos A que, tu Palabra, veraz y nítida deje al descubierto el “pedro” que habita en mis entrañas.
TENGO MIEDO, SEÑOR De caminar sobre las aguas de la fe De nadar contracorriente De mirarte y estremecerme De hundirme en mis miserias y en mis tribulaciones en mi falta de confianza y…de mis exigencias contigo.
TENGO MIEDO, SEÑOR De que me vean avanzando en medio de las olas del mundo con las velas desplegadas de la fe Que me divisen, de cerca o de lejos, navegando en dirección hacia Ti
TENGO MIEDO, SEÑOR De que, en las dificultades, no respondas como yo quisiera Que, en las tormentas, no me rescates a tiempo Que, en la lluvia torrencial, no acudas en mi socorro. Por eso, porque tengo miedo, Señor, mírame de frente, de costado y de lado para que, en mis temores, Tú seas el Señor El Señor que venga en mi rescate. Amén.
Todos tenemos nuestros miedos: a estar solos, a perder a alguien, a enfermar, a equivocarnos, a no llegar a todo…
Pero Jesús no nos dice: «No habrá tormentas». Nos dice: «Estoy contigo».
«El que se ama a sí mismo pierde su vida, pero el que ofrece su vida por los demás la salvará.». El temor a perder la vida nos hace caer en el egoísmo, nos encierra en la búsqueda de nuestros intereses, nos genera muchos miedos, es el gran obstáculo al compromiso por los demás . Sin embargo, el que ofrece su vida por los demás, ama de verdad, se olvida del propio interés y seguridad, lucha por la vida, la dignidad y la libertad, intenta hacer del día a día una entrega por amor.
Para entrar en el Reino de los cielos, hace falta un pasaporte: ser pequeño. Ésta es la identidad que nos distingue delante de Dios; la virtud que más nos acerca a Él.
Señor, te doy gracias por tu gran generosidad frente a nuestra flaqueza. Tú sabías lo difícil que es para nosotros la “convivencia”. Por eso nos dejaste tu presencia a la hora de rezar juntos. “Yo estoy en medio”. Si Tú estás en medio de nosotros, nuestra oración será auténtica.
Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Hoy, Señor, quiero pedirte por tantas parejas que fracasan; por tantos hombres y mujeres que se quisieron mucho y, con el paso del tiempo, llegan a odiarse, incluso a matarse. Los sueños de Dios sobre el matrimonio eran bellísimos, las intenciones no podían ser mejores: ponerles en un Jardín de delicias. ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando? Te pido que ayudes a tantas parejas malogradas, a tantos niños que, sin ninguna culpa, tienen que pagar muy caro los errores de sus padres.
DOMINGO XVIII
"Dadles vosotros de comer"
Vivimos en un mundo donde abundan los medios, pero a menudo escasean el tiempo, la escucha y la cercanía. El milagro de los panes y los peces nos recuerda que Jesús no parte de lo que falta, sino de lo poco que estamos dispuestos a ofrecer.
Cuando ponemos nuestras capacidades, nuestro tiempo o nuestro corazón en sus manos, Él los multiplica. Hoy el hambre no es solo de pan: muchos tienen hambre de esperanza, de sentido, de una palabra amable y de alguien que no pase de largo.
El Evangelio nos invita a dejar de preguntarnos si tenemos suficiente y empezar a compartir lo que somos. En las manos de Dios, lo pequeño nunca es insignificante: siempre puede convertirse en alimento para muchos.
El EGOISMO divide y la GENEROSIDAD multiplica.
Jesús percibe nuestros problemas, nuestras debilidades, nuestras necesidades: invita a convertirnos a la fe en la Providencia, a saber compartir lo poco que somos y tenemos, y no cerrarnos nunca en nosotros mismos.
Necesitamos de Cristo como Pedro cuando siente que se hunde. Ese grito de “Señor, sálvame” es el mismo que pronunciamos cualquiera de nosotros cuando nos damos cuenta de que, sin Dios, nada podemos y que necesitamos de su misericordia para sobreponernos a las limitaciones.
A Dios se puede ir de dos maneras: por las malas, (como el fariseo) en plan de exigencia o por las buenas, (como el publicano) en plan de indigencia. No es cuestión de “puños cerrados” sino de “manos abiertas”.
Y la mujer cananea nos brinda el mejor ejemplo: perseverar en la fe. Y Jesús, que es el mismo ayer, hoy y siempre, nos dirá: “qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Señor yo creo, pero aumenta mi fe; dame la fe de la mujer cananea.
¿Qué hacía de Jesús un hombre transfigurado? Y ¿en qué se notaba? Según los datos que nos aportan las narraciones evangélicas, lo que mostraba a Jesús como un hombre transfigurado era su bondad, su compasión, su autenticidad, su integridad y coherencia, su libertad, su vivencia de Dios”
Sabemos mucho de ganar el mundo, de conquistar las cumbres de la fama, el reconocimiento o el bien vivir, pero no sabemos nada de ganar el alma. Y hacemos muy poco por saberlo. Quizá porque se nos ha olvidado y no encontramos quién nos lo recuerde, convencidos de que la fe es una muleta para nuestro crecimiento personal o nuestra realización individual en vez de una escalera hacia la vida eterna.
Dios quiere que nos fiemos plenamente de Él, que sintamos en carne viva los problemas de la gente, que cambiemos de vida y nos convirtamos al Evangelio.
No se trata de mover montañas de tierra sino creer en la fuerza del evangelio para mover montañas de prejuicios y dificultades a la hora de implantar en el corazón de las personas los criterios del Evangelio.
Con el evangelio en las manos o en los labios, no podemos hacer mucho. Con el evangelio en el corazón, hecho vida y experiencia, tenemos la mejor levadura para transformar este mundo.
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