domingo, 13 de septiembre de 2015

OTROS MILAGROS O LEYENDAS DEL CAMINO DE SANTIAGO


LEYENDA DEL PUENTE DE ZUBIRI   EL PUENTE DE LA RABIA






Allá por el siglo XI, en la aldea de Zubiri, que atraviesa el Camino de Santiago en su descenso de Roncesvalles, todos los lugareños trabajábamos incansables con la ilusión de levantar un hermoso puente de piedra sobre el río Arga, que facilitara el paso a los peregrinos.


Sin embargo, parecía que un extraña maldición impedía que concluyéramos aquella obra. Extrañados por la dificultad de levantar el pilar central nos vimos obligados a excavar en la roca que tenía que soportarlo.

Para nuestra sorpresa, encontramos los restos perfumados de una joven. Era nada menos que el cadáver de Santa Quiteria, protectora de la rabia.

Puestos sobre una mula y acompañados del festivo cortejo episcopal, los restos santos se encaminaron en procesión hacia la catedral del reino a Pamplona.
Al llegar al lugar de Burlada, la mula se detuvo y no hubo forma humana capaz de hacerla avanzar. Concluyó el cortejo que era decisión de lo Alto que Santa Quiteria permaneciera para siempre en aquella villa caminera y allí se depositaron sus reliquias.

Respecto al pilar central de nuestro querido puente de Zubiri, desde entonces hasta ahora ha ejercido su función sanadora de la rabia a lo largo de los siglos. Animales y humanos han curado o prevenido la enfermedad rodeándolo, y según se cuenta, no ha perdido su virtud taumatúrgica hasta el día de hoy.

EL ASNO DEL APÓSTOL


Llegó a Pamplona un peregrino francés con su familia.


 Hicieron alto en esta ciudad para descansar y recobrar fuerzas y se alojaron en un hostal.
 La mujer del peregrino enfermó y tuvieron que quedarse en el lugar más tiempo de lo calculado, hasta que finalmente murió.

 El hostelero entonces, viendo que su huésped ya podía partir, le reclama una buena cantidad de dinero alegando que la estancia había sido larga.





 El peregrino no tiene suficiente para pagar pero le deja en prenda su asno, así es que se pone en camino a pie con sus dos hijos de corta edad, no sin antes pararse a rezar a Santiago y pedirle ayuda.

A la salida de Pamplona se topa con un anciano venerable que le aborda y le presta un pollino para que le ayude en su andadura.

 Cuando por fin llegan a Santiago, el peregrino tiene una visión del Apóstol a quien reconoce como el anciano venerable de Pamplona.


 De regreso, para de nuevo en esta ciudad y se entera de que el mesonero había muerto en un accidente.
La gente del hostal comenta que había sido un castigo divino por su falta de caridad para con los peregrinos.


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