domingo, 29 de mayo de 2016

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI II

750 AÑOS DESDE QUE URBANO IV INSTITUYÓ EL CORPUS CHRISTI


 Y el Papa obedeció a los fieles La del Corpus Christi es la procesión más importante en la Iglesia; la única en que la calle no cede el paso a una imagen de Jesús, sino a Jesús mismo vivo, resucitado, presente en la Eucaristía.

 Es la procesión en la que el pueblo dobla la rodilla ante el Rey de reyes, indefenso en una oblea.

 Una idea tan audaz que habría sido imposible si no hubiese sido iniciativa de Dios.

 Porque la primera procesión del Corpus fue una petición de Cristo a los fieles, a través de una monja, que se enfrentó a obispos y teólogos herejes, implicó a santo Tomás de Aquino e hizo obedecer al Papa, que instituyó esta fiesta hace 750 años



Procesión del Corpus en la catedral de Sevilla, de Genaro Pérez Villaamil, Madrid 1835


 En los albores del año 1200, cuando España luchaba hasta el martirio para impedir una invasión musulmana en Europa, la pequeña ciudad belga de Lieja, cerca de las actuales fronteras de Alemania, Holanda y Luxemburgo, era «un verdadero cenáculo eucarístico», en expresión de Benedicto XVI.

 En sus templos, escuelas y calles, a orillas del río Mosa, centenares de cristianos peregrinaban para venerar el sepulcro del obispo mártir san Lamberto, los teólogos más reputados discutían las diatribas de la época, y el sencillo pueblo de Dios vivía una excepcional devoción al sacramento de la Eucaristía.

 Grupos de fieles sencillos, hombres, mujeres y niños, se reunían para rezar a Dios oculto en el sagrario, y animaban a los sacerdotes a celebrar la Misa con santa unción.

 Su amor por el Cuerpo del Señor contrastaba con las herejías más pujantes en esos días, como la que Berengario de Tours había extendido un siglo antes y que, entonces, abrazaban teólogos e incluso obispos, al decir que el pan y el vino eran sólo un recuerdo de la Última Cena, y no la presencia de Cristo vivo.

 En aquella Lieja hoy casi olvidada, en 1197, la pequeña huérfana Juliana de Cornillón, de 5 años, era confiada al cuidado de unas religiosas, en un convento-leprosería de la ciudad. Allí, una monja de nombre Sabiduría le habló del amor de Dios con tanta pasión y coherencia con su vida de entrega, que Juliana decidió hacerse religiosa para venerar día y noche al Amado que, en el tabernáculo, daba Vida al mundo.

 En su oración, se recreaba con el final del evangelio de San Mateo: Y sabed que Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el final de este mundo.

 Cuando tenía 16 años, Juliana tuvo la primera de una serie de visiones místicas que se repetirían durante años: Jesús le presentaba una blanca luna llena cruzada por una sombra.



 La luna, le hizo entender, era la Iglesia, que irradiaba a los hombres la luz que recibía de Dios; y la sombra era la ausencia de un reconocimiento público de la presencia de Jesús entre los suyos, todos los días. Cristo veía el amor de sus fieles, y quería ponerse ante los ojos de todos..., pero nadie le ayudaba.

 Durante 20 años, Juliana mantuvo en secreto sus visiones, hasta que, por fin, se las confió a un sacerdote, a su obispo, y a Giacomo Pantaleón, archidiácono de la catedral, que tenía fama de santo. Todos certificaron la bondad de semejante audacia: ¡sacar al Señor resucitado, indefenso en su Custodia, para recorrer el pueblo!
 Así fue como, en 1246, por Decreto del obispo, en mitad de una gran reverencia popular, las calles de Lieja se engalanaron, cerraron los comercios, se dio día libre a los siervos, y se celebró, por vez primera, la procesión del Corpus Christi.

 El dios dinero, contra Dios Los problemas no se hicieron esperar: comerciantes y señores se oponían a hacer de la fiesta una tradición, para no dar un día de fiesta a sus siervos, ni dejar de ganar dinero durante una jornada.


Algunos obispos nobles aducían discusiones cismáticas; ciertos teólogos desempolvaban la herejía de Berengario; y, de paso, se azuzaba la disputa política entre güelfos y gibelinos, que enfrentaba a la vecina Alemania imperial contra la Roma pontificia.

 Sor Juliana de Cornillón era expulsada de su monasterio, del que era superiora, y acogida en otros conventos del Císter, donde jamás dejó de promover el culto eucarístico hasta su muerte, en 1258. Y mientras tanto, la fiesta del Corpus se abría paso entre riñas de nobles, leguleyos, reyes y doctores, y aupada por el pueblo de Dios, se expandía por toda Bélgica, España, Francia, Italia, Alemania...




 En 1261, Giacomo Pantaleón era elegido nuevo Papa, con el nombre de Urbano IV.




Tres años después, hace ahora 750 años, hacía suyo el deseo que Dios había transmitido a su amiga Juliana, obedecía al sensus fidei de los fieles, y promulgaba la Bula Transiturus de hoc mundo, evocando las palabras del final del evangelio de San Mateo, para establecer en el orbe cristiano la fiesta del Corpus Christi. A tal causa sumaba al ilustre teólogo Tomás de Aquino, que componía el himno eucarístico Pange lingua. Y Jesús, vivo en la Eucaristía, recordaba a todos que está con nosotros, todos los días, hasta el final de este mundo.

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