martes, 30 de agosto de 2016

JUAN PABLO II ENAMORADO DE CRISTO



El Cristianismo antes que una doctrina , es un acontecimiento, o más bien, una persona.

                          JESÚS DE NAZARET

Es Él, el corazón del crsitianismo. Él es el centro en la vida de Juan Pablo II,

Cristo da al hombre mucho más de lo que el hombre puede dar, esperar y desear.
Él, solo Él, nos revela el verdadero rostro de Dios y del hombre


Cada persona se encuentra con Cristo y con su mensaje de una forma absolutamente personal.
Desde siempre confia en Cristo y abre su corazón a Cristo.
Y siempre pide: Abrid vuestro corazón a Cristo y no tengáis miedo.



Desde su infancia esta muy cerca de Dios mediante



 LA ORACIÓN
LA EUCARISTÍA

La Eucaristía y el santísimo Sacramento le daban fuerza para afrontar todo.
Antes de llegar a ver al párroco, en su primera parroquia Negowice, estuvo ante el Santísimo Sacramento


Toda su vida una sola: su verdadero amor a Cristo.

 Un amor barruntado ya en los años de infancia y adolescencia en Wadowice, su casa estaba al lado de la parroquia.




 pero crecido con lucidez y fuerza arrolladora, en la etapa juvenil de Cracovia, también por influencia de su gran amigo Jan Tyranowski, que introdujo al joven Karol Wojtyla en el conocimiento de los místicos castellanos, especialmente de San Juan de la Cruz.





 En un artículo publicado por L’Osservatore Romano este 2 de abril en el sexto aniversario de la muerte del Papa Wojtyla, el Cardenal Giovanni Coppa  recuerda su viaje a República Checa en 1995, cuando ya comenzaba a usar un bastón a causa de su alicaída salud, pese a lo cual "tenía todavía fuerzas para usar las escaleras en vez del ascensor".



. "La primera noche de aquel viaje, luego de volver de la cena con los obispos, bajó a la capilla ante el Santísimo. Las hermanas habían preparado para él un gran reclinatorio, pero prefirió rezar en uno de las bancas habituales. Yo lo acompañaba, esperándolo afuera de la capilla".

 La segunda noche, recuerda el Cardenal Coppa, "tuve que responder a una llamada urgente y no pude acompañarlo a la capilla.
 Llegué luego, cuando ya estaba arrodillado. Antes de entrar escuché como una música distinta, y cuando abrí silenciosamente la puerta, escuché como, arrodillado en la banca, cantaba sumisamente ante el tabernáculo".



 "El Papa cantaba en voz baja ante Jesús Eucaristía: el Papa y Cristo en la Hostia, Pedro y Cristo.
 Fue para mí una cosa emocionante, un fortísimo reclamo de fe y amor para la Eucaristía, y a la realidad del ministerio petrino". "Nunca –prosigue– he olvidado ese delicado canto, que era como un coloquio de amor con Cristo.

 Ese canto, concluye el Cardenal, "nos demuestra, de modo superlativo, que Juan Pablo II ha sido verdaderamente un enamorado de Cristo".

Con la palabra, el silencio, los gestos, el modo de orar, el modo de entrar en el espacio litúrgico, el recogimiento en sacristía: con todo su modo de ser.


 Se lo notaba inmediatamente: era una persona llena de Dios.
Y para el mundo se convirtió en signo visible de una realidad invisible.

 También a través de su cuerpo destrozado por el sufrimiento de los últimos años.

Juan Pablo II besa la Cruz de madera sostenida por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger durante la Pascua de 2004 celebrada en la Basílica de San PedroFOTO:

 A menudo bastaba mirarlo para descubrir la presencia de Dios y, así, comenzar a rezar. Bastaba para ir a confesarse: no sólo de los propios pecados sino también de no ser santos como él. 

En la preciosa encíclica de Juan Pablo II sobre La Eucaristía y la Iglesia, en la que ha volcado todo el amor de su corazón sacerdotal, plenamente enamorado de Jesucristo en la eucaristía.




El misterio de Juan Pablo II, es decir, su belleza, se expresa muy bien a través de la oración del Papa Clemente XI que se encontraba en los antiguos breviarios:



"Quiero todo lo que Tú quieres, lo quiero porque Tú lo quieres, lo quiero cómo y cuándo Tú lo quieres". Quien pronuncia estas palabras con el corazón se vuelve como Jesús que, humilde, se esconde en la hostia y se ofrece para ser consumado. Quien hace propias estas palabras comienza a vivir con el espíritu de adoración del Santísimo Sacramento

Trece días después de su elección, con algunos de sus colaboradores, el Papa se dirigió cerca de Roma a la Mentorella, donde está el santuario de la Madre de las Gracias. Preguntó a sus compañeros de viaje: "¿Qué es más importante para el Papa en su vida, en su trabajo?". Le sugirieron: "¿Tal vez la unidad de los cristianos, la paz en Oriente Medio, la destrucción de la cortina de hierro...?". Pero él respondió: "Para el Papa lo más importante es la oración".
 Escribe Juan Pablo II :”Es hermoso estar con Él, y reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto(cf.Jn 13,25),palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración”; ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo, presente en el Santísimo Sacramento?.¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo. 



«Para saber quién es Juan Pablo II hay que verlo rezar, sobre todo en la intimidad de su oratorio privado», escribió uno de los biógrafos de este santo Pontífice. Y así es, en efecto. 


Una de las últimas fotografías de su caminar terreno lo retrata en su capilla privada mientras sigue, a través de una pantalla de televisión, el rezo del Vía Crucis que tenía lugar en el Coliseo.

 Aquel Viernes Santo de 2005, Juan Pablo II no pudo presidir el acto con su presencia física, como en los años anteriores: ya no era capaz ni de hablar ni de caminar. Pero en esa imagen se aprecia la intensidad del momento que estaba viviendo.
 Aferrado a un gran crucifijo de madera, el Papa abraza a Jesús en la Cruz, aproxima a su corazón al Crucificado y lo besa. 



La imagen de Juan Pablo II, anciano y enfermo, unido a la Cruz, es un discurso tan elocuente como el de sus palabras vigorosas o el de sus extenuantes viajes. 



El celo por las almas le movía a desplazarse hasta el último rincón de la tierra para llevar el mensaje de Cristo. ¿Hay alguien en el mundo que haya estrechado más manos en su vida, o haya cruzado su mirada con la de tantas personas?

 Ese esfuerzo, también humano, era otro modo de abrazarse y unirse al Crucificado. 


jun pablo ii
Son muchos los récords batidos por el Papa:

-centenares de viajes apostólicos,
- encuentros con millones de fieles,
- documentos doctrinales y disciplinares publicados, etc., etc

Oración de Juan Pablo II en la Capilla de la Medalla Milagrosa en Rue de Bac, Paris en su visita el 31 de mayo de 1980


 Pero su mayor récord , precisamente el que ha hecho posible todos los demás:

 el récord de horas diarias pasadas ante el sagrario.
Es ese trato contemplativo con el Amor lo que ha dado a Juan Pablo II el impulso de evangelizador para ir a anunciar a Cristo en todos los areópagos del mundo: desde la Asamblea General de las Naciones Unidas hasta los poblados aborígenes de Australia, pasando por el mismo Areópago de Atenas.

                     UN HOMBRE DE ORACIÓN 

Nos decía Navarro Vals
"Aunque teóricamente debería yo ya debía estar acostumbrado, la verdad es que ante una manifestación así de la fe no hay modo de acostumbrarse: siempre te conmueve. Para él rezar era una necesidad y la cosa más natural del mundo. Su oración se nutría de las necesidades de los demás, que le llegaban a millares en cartas y mensajes de todo el mundo. 



“Pedro, ¿me amas más que éstos? –Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Esta misma ha sido la respuesta del papa Juan Pablo II.

 Amó a Cristo, y porque le amó, le entregó su vida, su labor apostólica, su ancianidad joven, su apagarse sufriente.

El Papa Juan Pablo II nunca se marchó del todo de entre nosotros.

 Desde la ventana del cielo ha seguido y seguirá bendiciendo, iluminándonos, fortaleciéndonos, como hizo durante cerca de 27 años desde la ventana de los palacios apostólicos en el Vaticano.


“La auténtica vida cristiana se mide por la hondura en la oración, arte que se aprende humildemente “de los mismos labios del divino Maestro”, implorando casi, “como los primeros discípulos: ‘¡Señor, enséñanos a orar!’ (Lc 11, 1).”
 Juan Pablo II

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