santo Evangelio según san Lucas (13,1-9)
En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.
Dios no se rinde. Quiere seguir, una y otra vez, intentando lo imposible: que nos convirtamos.
Ante la falta de respuesta de nuestra "higuera", Él en vez de cortarla ha preferido trabajar nuestro corazón con la advertencia: "Si no os convertís todos pereceréis".
El Señor quiere poner en juego todos los recursos que su amor va inventando cada día. Es una mezcla impresionante de amor, paciencia, de búsqueda constante, de recurso que puedan ayudar al otro sin obligarlo, sugerirle sin imponerle, animarlo sin coaccionarlo.
Es exponerse, sí, a que el otro termine no queriendo: "sino, el año que viene la cortáis ". Pero también y sobre todo, un bonito acto de fe en la capacidad de conversión del otro.
Todo para que alguna vez, sin prisa, cuando hayamos acabado de madurar por dentro, cuando en ese interior misterioso y personalísimo donde se toma la decisiones libres nos parezca oportuno, nuestro corazón se abra con una sonrisa; y le digamos que sí, y empecemos a dar fruto.
Entonces habrá valido la pena esperar un año más, Y estercolar, y cavar en torno a nuestra pobre higuera.
Así, cuando la higuera de fruto, podremos con todo derecho echar el vuelos las campanas de la alegría, porque otro hombre habrá dado, en plena libertad, el paso de decir a Dios que sí.
Habrá mucha alegría en el cielo por cada con pecador que se convierta.
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