En las misas feriales de Cuaresma nos encontramos después de la comunión con otra fórmula semejante que se llama “oratio super populum”. Le precede el aviso: “Humiliate capita vestra” (Inclinad vuestras cabezas), aviso que juntamente con el nombre de la oración y su contenido, indican que efectivamente se trata de una bendición.
Entre los elementos que enriquecen la celebración de la Santa Misa están la bendición solemne o la oración “super populum”, con que se solemniza la bendición final de la Misa.
En la nueva edición del Misal aparece al final del formulario de la Misa diaria esta última oración “super populum”, que se realiza ad libitum, es decir, no es obligatoria, pero sí es aconsejable, porque forma parte de la más antigua tradición romana.
Sin embargo, y en general –salvadas las excepciones que sean- se realiza mal.
Si nos vamos al Ordinario de la Misa encontramos cómo se realiza el rito. Terminada la oración de postcomunión, el sacerdote saluda a fieles diciendo:
V/ El Señor esté con vosotros.
R/ Y con tu espíritu.
El diácono (y si no lo hay, el sacerdote) indica a los fieles la postura:
V/ Inclinaos para recibir la bendición. Aquí todos se inclinan y permanecen inclinados hasta terminar la bendición, porque la bendición es gracia del Señor y la recibimos humildemente, como un don.
Entonces el sacerdote extiende las manos sobre el pueblo; no como se extienden para las oraciones de la Misa o el prefacio (en forma de cruz, con las palmas de la manos hacia delante), sino imponiéndolas sobre el pueblo, como una epíclesis, una petición de descenso del Espíritu Santo y su gracia.
Con las manos así, sobre el pueblo, recita la oración, que concluye
“por Jesucristo, nuestro Señor.
–R/ Amén”.
E imparte la bendición: “La bendición de Dios todopoderoso, Padre…
” Son pequeños signos, pequeños ritos, pero elocuentes si se hacen bien.
Esta bendición general, que desde San Gregorio Magno sólo se reza en las misas feriales de Cuaresma y se limita a ella.
No se puede olvidar la monición: “Inclinaos para recibir la bendición”, y en muchos casos la postura de las manos no es de epíclesis, invocación al Espíritu Santo, sobre el pueblo…
¿Qué suplican estas “oraciones super populum”? Por ejemplo: Señor, protege con tu mano poderosa a este pueblo suplicante; dígnate purificarlo y orientarlo para que, consolado en el presente, tienda sin cesar hacia los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
O también: Señor, que tu pueblo reciba los frutos de tu generosa bendición para que, libre de todo pecado, logre alcanzar los bienes que desea. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Y un último modelo: Ilumina, Señor, a tu pueblo para que cumpliendo tu santa voluntad pueda practicar siempre el bien. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Por eso, al contrario de las otras oraciones sacerdotales en cuyas peticiones el celebrante se incluye a sí mismo, redactándola en primera persona del plural, y hablando de nosotros, en la super populum, al menos en la mayor parte de ellas, el celebrante designa a los destinatarios de las gracias como “tu pueblo, tu familia, tu Iglesia”, es decir no se incluye a sí mismo.
Con este tipo de oraciones se suplica la dirección interior de los fieles cristianos: desear a Dios, vivir santamente como fruto de la celebración eucarística, ser sostenidos por su gracia. Y es que, más en este tiempo de Cuaresma, necesitamos la bendición de Dios que nos sostenga en nuestra debilidad: son muchos (¡deberían ser muchos!) los ayunos, penitencias, mortificaciones, oraciones, ejercicios de misericordia y de caridad, y para no desfallecer, la bendición de Dios sostendrá nuestra debilidad.



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