YA ES SEMANA SANTA

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martes, 27 de enero de 2026

ORACIÓN DE LA MAÑANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 III DOMINGO T, ORDINARIO

MIS ORILLAS (Domingo III Ordinario A) 
Señor, que hoy, al borde de mis pequeñas orillas, me vuelves a encontrar. Que no pases de largo, aunque me veas atareado en mis redes, en mis miedos, o en la seguridad falsa de mis comodidades. 
Tócame, Señor, y hazme entender que es mi hora. Quiero soltar el amarre de mis egoísmos para ser libre contigo. 
No quiero seguir siendo un testigo pasivo de tu Palabra, sino un pescador de esperanza en medio de un mundo que a menudo se ahoga. 
Señor, hazme pescador de hombres. Que mis manos, en lugar de retener, compartan. Que mis redes, en lugar de aprisionar, rescaten. 
Dame la audacia de la conversión, para que, en este domingo, comience a vivir de verdad, siguiendo tus pasos, y anunciando la Buena Noticia con alegría y sin miedo. Amén.
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L
 En cambio, Jesús se ha puesto de parte de la vida y nos recuerda la otra cara de la elección: el sacrificio que nunca es gratuito. Lo que en última instancia se elige es ser más, ser mejor. Y Jesús optó por un determinado estilo de vida, y eso le costó la vida misma: su vida estuvo tejida de múltiples sacrificios y la cruz es la firma final con la que él rúbrica su proyecto de amor.
M
En la gran familia de los unidos por el vínculo de la fe, todos somos madres y padres, hermanos y hermanas, bajo el Padre común de todos. A nadie se le excluye. A nadie se le cierra la puerta. Los lazos de la sangre son buenos porque son imprescindibles. Los lazos de la fe son mejores porque nos abren a horizontes mucho más amplios y luminosos.
X

Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? […] 

Y nos hará bien no olvidar que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semilla buena, y también aquí podemos plantearnos la pregunta: ¿qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? 

Nuestras palabras pueden hacer mucho bien y también mucho mal; pueden curar y pueden herir; pueden alentar y pueden deprimir. Recordadlo: lo que cuenta no es lo que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón.

J

 La misión del cristiano es anunciar la buena nueva que Jesús vino a traer al mundo, la salvación que nos redime del pecado y es de locos ir contra ese cometido. No se nos ha dado la palabra de vida para que la ocultemos, celosos o medrosos, sino para que la gritemos como el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. El que tenga oídos para oír, que oiga. Y ya sabe lo que tiene que hacer.  

V

A veces nos cohibimos de sembrar pensando que nuestra “semilla” es pequeña, no nos atrevemos a anunciar el Reino de Dios, porque “tenemos poco que decir”. 

Ninguna semilla es demasiado pequeña. Si hemos recibido la Palabra de Dios anunciando el Reino, tan solo tenemos que arriesgarnos, atrevernos a regar la semilla. No olvidemos que esa Palabra tiene poder creador, capaz de hacerla germinar aún en las condiciones más desfavorables

S

Jesús pide a los discípulos de todos los tiempos “que se fíen de Él” Es más, cuando arrecian los vientos de las dificultades y las olas amenazan con hundir la barca de la Iglesia, no hay que pensar en otra barca. Sólo hay una solución: “embarcarse con Jesús, aunque nos parezca que Él está dormido”. Hay que poner a Jesús en el centro de la vida

II DOMINGO DEL T. ORDINARIO


Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» No señala con el dedo, no acusa, no humilla. Se ofrece. 
Cargando sobre sí aquello que nos pesa, aquello que no supimos amar, aquello que rompimos por miedo, por orgullo o por cansancio.
 El pecado no siempre grita; a veces susurra. Se esconde en las pequeñas renuncias al bien, en las palabras que no dijimos, en las manos que no tendimos, en la comodidad que elegimos antes que la verdad. 
Somos frágiles. Nos equivocamos. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra y aun así seguimos teniendo sed de luz. Y es ahí donde aparece el Cordero. Manso, silencioso, fiel. 
No viene a negar nuestra herida, sino a atravesarla con misericordia. No borra nuestra historia, la redime. No nos pide perfección, nos pide el corazón. 
Mirarlo es dejarse mirar. Y en esa mirada nace la conversión: no como miedo al castigo, sino como deseo de volver a casa. 
Convertirse es girar el alma hacia el Amor, atreverse a empezar de nuevo, creer que el bien aún es posible porque Él ya ha cargado con nuestro mal. 
Este es el Cordero de Dios. El que quita el pecado del mundo y también el mío. El que no se cansa de esperarnos. El que transforma nuestra fragilidad en lugar de encuentro, y nuestras caídas en camino de resurrección. 
Es más, mucho más, la fuerza de un DIOS que levanta a todo aquello que nos arrastra. Menos mal! Domingo II T.O.
D
Tú eres, Jesús, a quien podemos hablar cara a cara.... al que podemos rezar cara a cara.----- en quien podemos confiar cara a cara.
L
Lo que viene a traer Jesús es tan novedoso, está tan fuera de lo que era, es tan espectacular que no cabe encasillarlo en nada de lo ya conocido.
 ¿Y qué es esa novedad que no puede sujetarse a nada de lo existente? Amor. Jesús viene a tu vida a decirte que te ama. Pero no de una forma hueca, como a menudo hacemos esta declaración: ¡es que te amó tanto que se dejó matar en la cruz! 

Jesús, dame la sabiduría para saber ayunar de todo aquello que pueda disminuir mi fidelidad y la totalidad de mi entrega a la misión que me has encomendado.

M

A modo de conclusión necesito mantenerme cerca del Señor para tener las fuerzas de vivir de cara a Él, sin temer ir contra corriente. Se nos vuelve a recordar que la ley suprema del Evangelio es la de la caridad, que no basta quedarse con un cumplimiento aparente o hipócrita de los mandamientos, que no es suficiente cumplir con ciertas cosas y decirse católico mientras en la práctica se sigue pensando y viviendo como pagano.

X

Obramos como esos fariseos escrupulosos, siempre acechantes, sin darnos cuenta de que somos como ese hombre de la mano enferma. 

Necesitados permanentemente de la misericordia de Cristo, de su compasión amorosa por nuestras limitaciones, nuestras manos rotas, nuestros huesos molidos por el pecado.
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Ante esta situación, los cristianos de hoy no podemos batirnos en retirada. No podemos dejar de hablar de Jesús y su evangelio. No podemos privar a nuestros hermanos del tesoro que el mismo Hijo de Dios nos ofrece para vivir, ya en esta tierra, una vida con sentido, con esperanza, con ilusión, antes de poder disfrutar de la felicidad total después de nuestra muerte.
V
Esto que Jesús hizo con los primeros apóstoles lo hace Jesús siempre con aquellos que va a elegir. Y nos debe dar devoción el pensar que, antes de elegirme a mí, Jesús ha orado por mí al Padre.
S
Nos enseñó que es más importante callar que hablar; servir que presumir; ser, que poseer. Nos enseñó las esencias más genuinas del más puro humanismo.

Y nosotros, dos mil años después, ¿lo entendemos?, ¿acogemos su palabra y su modo de proceder tratando de vivir como vivió Él con la confianza puesta en la providencia del buen Dios




Que también, en mí Señor, se inaugure como en Ti un nuevo tiempo de misión y de trabajo. Que la presencia de Dios y del Espíritu y de toda tu persona, se haga presente en mí, de tal manera que, viviendo con alegría mi ser cristiano, sea semilla de aquella gran sementera que es tu Evangelio 

Que también, yo Señor, renazca a una vida nueva. Que no me sienta seguro de mí mismo Que no crea que, con ser bueno, ya es bastante. Que me fíe de tu Palabra, y con tu Palabra, me sienta querido por Dios y empujado a proclamar su existencia en medio del mundo. 

 Tú, Señor, nos das una forma de entender la vida Tú, Señor, nos das el secreto de la felicidad Tú, Señor, con tu Bautismo cargas con todas nuestras flaquezas y miserias. Dios, sobre tus hombros, pones el futuro de nuestra humanidad: 
¡Redímela con tu testimonio y sacrificio! ¡Rescátala de las incertidumbres que la asolan! ¡Recupérala de aquellos falsos dioses ante los que se postra! 
Tú, Jesús, que eres preferido, amado, tocado por el Espíritu Haz que, también nosotros, sintamos el calor de la gloria del Padre que no es otra que la comunión del Hijo con el Espíritu Santo. Amén

L
El evangelio sigue siendo actual: Dios pasa junto a nosotros y nos llama. Si no se le responde, Él puede seguir su camino y nosotros perderlo de vista y de nuestra vida. Sin duda, Jesús conocía a estos discípulos desde tiempo atrás (cfr Jn 1,40-46).
M
Y lo mismo podemos, y debemos, aplicar en nuestras vidas; no podemos limitarnos a dar "buenos consejos" al hermano que sufre, también es nuestro deber ayudarle en lo que podamos, darle nuestra mano. 

Que hoy y siempre, nuestras palabras y acciones sean signo de nuestro compromiso por la vida y la dignidad de las personas.

X

Los seguidores de Jesús debemos imitarle en los tres puntos que nos indica este pasaje evangélico. Debemos hacer el bien a todas las personas con las que nos encontremos y no solo a los enfermos. Debemos encontrar tiempo para relacionarnos y hablar con nuestro Dios. Debemos predicar con nuestra vida y si podemos con nuestra palabra la buena noticia que nos ha traído, la que es capaz de alegrar y dar sentido a nuestra vida.

J

Jesús nos ha amado y nos sigue amando hasta el extremo, con toda confianza le hemos de pedir que nos cure y libere de las heridas y limitaciones que nos dificultan seguirle.

Jesús nos ha curado y no ha introducido en el camino que lleva a la vida… queremos proclamar a los cuatro vientos, como el leproso, que Jesús es el que nos ha curado, es nuestro salvador, el que nos ha dado vida. 

V


La frase clave es “VIENDO Jesús la fe que tenían”. De nada nos sirve creer en Dios si esa creencia no se convierte en un acto que demuestre lo que creemos (Cfr. Sir 38,1). Si nos limitamos a “creer” y nos cruzamos de brazos, nunca veremos manifestarse la gloria de Dios

Señor que mi fe se “vea”, de manera que todo el que se acerque a mí, vea la manifestación de tu poder y crea.

S

¿Una mirada, tan solo una palabra del Señor puede hacer tanto en nosotros?

Es Jesús el que elige y además no excluye a nadie para su seguimiento,
Las palabras que el Señor  “no necesitan medico los sanos sino los enfermos”.

 Con lo cual nadie puede sentirse excluido, ¿quién puede decir que no necesita a este medico? De cuantas cosas tiene que sanarnos el Señor. 
Si hoy el Señor te dijera ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Qué le dirías? Entrégale al Señor tus sufrimientos para que Él te sane y cure.

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