YA ES SEMANA SANTA

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viernes, 6 de mayo de 2022

III DOMINGO DE PASCUA

SÁBADO

“ Tú tienes palabras de vida eterna ”


según san Juan 6, 60-69 

En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

El Evangelio de hoy vemos como algunos de los que siguen a Jesús se escandalizan por sus palabras, lo critican e incluso lo abandonan,

 Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?

 El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. 

Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». 

Jesús habla sin doblez, con naturalidad, con sencillez, “sin milongas”, con coherencia y sin vuelta atrás en sus palabras, habla con la firmeza de la verdad. Jesús habla y sus palabras son fuego en el corazón que purifica. Sus palabras cuestionan y no dejan indiferente a nadie. Algunos se escandalizan “este modo de hablar es duro” y muchos se echaron atrás.

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. 

Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede». 

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. 

Jesús hoy sobre mí: ¿También tú te quieres marchar? Y siento que me sale de mi corazón la misma respuesta de Pedro: Señor, ¿adónde voy a ir yo sin Ti?

Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». 

Tengo ya muchos años viviendo contigo, muchos años juntos en un mismo camino. Yo sí que te he defraudado, no he respondido a lo que Tú, desde siempre, has esperado de mí. Y lo siento de todo corazón.

Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? 

Simón Pedro responde a Jesús, con gran sensatez, a la pregunta de si también ellos quieren marcharse, “Tú tienes palabras de vida eterna”, ¿a quién vamos a acudir? ¿Quién nos dará la seguridad que necesitamos de que nuestra vida vale la pena siempre, pase lo que pase? ¿Quién nos ama a pesar de que la carne (las cosas de este mundo que tenemos) se pierda? Sólo el Señor que nos ama desde siempre y para siempre, sólo Él que tiene “palabras de vida eterna”

Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».



 VIERNES

“ El que coma de este pan, vivirá para siempre ”



según san Juan 6, 52-59

 En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

San Agustín les diría: “Dame un corazón que ame y entenderán lo que digo”.

Lo lógico, lo razonable, es objeto de la razón, pero el amor no tiene lógica.

 Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 

Si Dios se hubiera guiado por la lógica de la razón no tendríamos ni Encarnación, ni Redención, ni Eucaristía. Afortunadamente para nosotros Dios se ha guiado siempre por la lógica del amor.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 

Y una de las características del amor es que “el amor no se va, el amor se queda”. Se fue al cielo y se quedó con nosotros a través de la Eucaristía.

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Al recibir a Cristo en la Eucaristía, ese alimento no lo hacemos sustancia nuestra, pero sí nosotros nos unimos sustancialmente con Dios. Cada uno de nosotros puede decir con San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”

 Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Tenemos a Jesús vivo, sacramentado tras su resurrección gloriosa, presente en el sacramento del altar pero si dudamos es falta de fe.


Caminar con Él y detrás de Él, tratando de poner en práctica su mandamiento, el que dio a los discípulos precisamente en la última Cena: “Como yo os he amado, amaos también unos a otros”.

JUEVES

“ Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo ”


según san Juan 6, 44-51 

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, 

Jesús, que habla de atracción, de deleite, de fascinación. Es bueno oír de los labios de Jesús que Dios atrae, que Dios seduce, que Dios encanta.

Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. 

Yo prefiero ser atraído por el amor del Padre, ser seducido por Él, sentirme encantado de vivir en su casa, sentarme a su mesa, comer de su pan, beber de su vino, y cobijarme a la sombra del “árbol de la vida”

En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. 

Sólo una persona “dichosa” puede hacer dichosos a los demás; sólo una persona encantada puede encantar a los demás; sólo una persona “satisfecha” puede llenar de sentido y de ilusión la vida de los demás.

Sólo una persona que está contenta y feliz con su Dios, puede bendecir, es decir, hablar bien de Dios.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».



A Dios sólo se le puede encontrar por el camino del amor. Si nos salimos de ese camino, siempre, siempre nos equivocamos y podemos convertir a Dios en un ídolo. DIOS ES AMOR

MIÉRCOLES

“ Yo soy el pan de la vida ”


según san Juan 6, 35-40 

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Yo soy el pan de la vida.


Jesús no es un pan que se compra en la panadería. Es un símbolo de sí mismo. El pan es símbolo del alimento que comen los hombres cada día. No es “un lujo sino una necesidad”. La comunidad primitiva ha descubierto que sin Jesús no pueden vivir. 

 El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. 

Encontrado en Jesús “seguridad”. Pero no sólo seguridad para unos años o el tiempo de nuestra corta vida, sino que Jesús habla de “vida eterna”. Es decir, de una vida “más allá de nuestra vida”.

Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 

Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. 

Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Reflexión del Evangelio de hoy

También el pan tiene una connotación con “la bondad”. Solemos decir: este hombre o esta mujer son más buenos que el pan. Y me pregunto: Yo que me alimento todos los días de este pan de la bondad ¿Cómo no soy bueno? Salgo de Misa y murmuro, soy violento, calumnio…, ¡Es algo inconcebible!


San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, explica así: «Estaban lejos de aquel pan celestial, y eran incapaces de sentir su hambre. Tenían la boca del corazón enferma… En efecto, este pan requiere el hambre del hombre interior». Y debemos preguntarnos si nosotros sentimos realmente esta hambre, el hambre de la Palabra de Dios, el hambre de conocer el verdadero sentido de la vida.

MARTES

“ ¿No me conoces, Felipe? ”


según san Juan 14, 6-14

 En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí». «Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Jesús enseña a sus discípulos la triada de su esencia: Camino, Verdad y Vida. El Evangelio no lo escribe con mayúsculas, pero a nosotros conviene resaltarlo para que no nos quepan dudas de que Jesucristo es el Camino para ir al Padre, es la Verdad que resplandece y la Vida que plenifica.

 Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 

Hijo y Padre son un mismo Dios en comunión con el Espíritu Santo.

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre" ? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? 

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. 

Pero a nosotros, como a Felipe, nos cuesta entenderlo. Porque nosotros también llevamos muchos años llamándonos cristianos, siguiendo a Cristo, pero sin comprender del todo que el Padre y el Hijo son uno. «Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia», dice abiertamente para que no quepan dudas, para que no quepan dudas de la naturaleza divina encarnada. Jesús lanza una advertencia, casi implorando: si no me creéis a mí, creed a las obras.

Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. 

Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».


Señor gracias, muchas gracias. Gracias por haberme revelado el rostro maravilloso de tu Padre. Gracias por haberme enseñado a orar de una manera tan fácil y sencilla como es presentarse ante Ti con la confianza de un niño que es feliz y se siente seguro con su Papá. Gracias por haberme quitado, de un plumazo, todos mis miedos: el miedo a la vida y el miedo a la muerte.


LUNES

“ Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura ”

según san Juan 6, 22-29 

Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

La multiplicación de los panes y los peces desató una ola de entusiasmo que el evangelista describe a la perfección con ese enjambre de lanchas surcando el Tiberíades de orilla a orilla en busca de algún rastro del Maestro.

Lo siguen por las dos orillas del mar de Tiberíades. Y la primera pregunta que le formulan, cuando dan con él, nos da la clave de ese seguimiento: cuándo has venido.


 Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. 

Era tan espectacular el prodigio de dar de comer a esa multitud que, a la fuerza, tenía que despertar admiración y mover a seguirlo.

Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

A esa muchedumbre le atraen los signos, la extraordinaria intervención que ha saciado su hambre material. Tanto que lo primero que le preguntan es «¿cuándo has venido aquí?» por si se ha producido otro prodigio en su ausencia, como el espectador de un truco de ilusionismo contrariado por haberse perdido parte de la función.

 Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. 

Jesús los alecciona: «Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna». El pan del espíritu que comemos en la Eucaristía.

Lo de menos es el signo de la multiplicación y lo de más es la vida eterna que nos promete entrar en el corazón del Padre

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».

Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».

Pero para ello se hace imprescindible obrar como Dios quiere: «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado». Creer en Jesucristo más allá de milagros, prodigios y signos. Creer porque es el único mediador entre nosotros y Dios, no hay más camino que el suyo. 




Es la fe en Jesucristo la que nos lleva a la salvación, al banquete celestial donde comeremos el alimento de la vida eterna. Sin fe, nada de lo que hagamos, aunque vayamos de puerto en puerto como estas barcas recalando aquí y allá en el mar de Galilea es infructuoso. Más aun: es inútil.
Y tu fe......................¿como anda?

DOMINGO

“ Echad la red ”





según San Juan 21, 1-19 

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 

Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 

Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». 

La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». 

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 

Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 

Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. 

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. 

Por tres veces la misma pregunta de Jesús a Pedro. Podría haber hecho otras preguntas. Podría haberle pedido explicaciones sobre la triple negación en aquella noche del gallo. Pero, no. No le echa en cara nada. Olvida el pasado y le pregunta por el presente: ¿Me amas?

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». 

Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 

Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».

También Pedro podría haber respondido de otra manera. Podría haber dicho, por ejemplo: Perdóname, Señor. Es que soy un desastre. Te prometo que no volverá a suceder. Pero, no. Responde, tal como quiere Jesús, olvidando el pasado y diciendo lo que siente ahora: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

 Él le dice: «Pastorea mis ovejas». 

Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». 



Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» Y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». 

Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

YA FALTA MENOS PARA SAN FERMÍN

 

5ª MISA DE LA ESCALERA

Hoy, en esta quinta misa de la escalera, con sabor al mes de mayo mes de María, en plena pascua, con el rostro de Cristo Resucitado….rezamos con la MECA al conmemorar el Centenario de la Plaza de Toros.

 



Y con los términos taurinos:

 no nos podemos quedar en la barrera viendo como algunos diseñan un mundo a su medida; mucho menos en los toriles por miedo al ruedo y ruido de algunos; no podemos permanecer en los tendidos aplaudiendo la faena de otros sin comprometernos desde el Evangelio por un mundo mejor; no podemos estar cómodamente en los palcos sino, como San Fermín, de la palabra y de obra salir de este mundo por la puerta grande pero como Dios manda: con fe y con esperanza.

YO SOY EL PAN DE VIDA

 

Señor, te buscan, han comido hasta saciarse y buscan más pan compartido yo te busco a Ti
“Señor, danos siempre de ese pan”. Con ese pan te acerca a mi para alimentar en mi la fe, la esperanza y la caridad.
«Me buscáis no porque habéis visto signos (porque vuestro corazón quedó impresionado), sino porque comisteis pan hasta saciaros». 
Trabajad  por el alimento que perdura para la vida eterna, ----para creer tenemos que conocer su amor

El Señor quiso quedarse con nosotros todos los días, siempre, no nos ha dejado solos, y se nos da como alimento, alimento que sacia toda la sed y el hambre que tiene el corazón del hombre. La Eucaristía
“Yo soy el pan de la vida que se da a si mismo en la Eucaristía.

Cada vez que comamos de este pan, “sacia”, un pan que nos satisface, que nos llena por dentro el corazón.
 ¡entremos en el Amor mismo! para nutrirnos de él, pero principalmente para compartirlo «para la vida del mundo».

 El regalo de la fe: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre…”. La fe es un “don”, todo es don de Dios; si podemos entender que todo es don de Dios, ¡Cuánta felicidad habrá en nuestro corazón!

 El Señor es nuestra fuerza. Es el Señor quien nos sale al encuentro, “os he elegido”, quien lleva la iniciativa, quien me invita, quien quiera contar con cada uno de nosotros. “El que cree tiene vida eterna”, como ilumina y transforma nuestras vidas.

Tenemos a Jesús vivo, sacramentado tras su resurrección gloriosa, presente en el sacramento del altar pero si dudamos es falta de fe.

Pero no lo entendemos. No lo entendían los judíos que polemizaban, no lo entienden los indiferentes que se alejan y no lo entendemos nosotros que nos acercamos a comulgar. Porque no se trata de entenderlo, sino de creerlo.

Ahora Jesús, es el pan del cielo y nos lo deja en la mesa del altar, Pan para todo:

- momentos malos...............Pan de la Vida................momentos de debilidad.............Pan de la fuerza...............momentos de pesimismo, tristeza..................la fe una gran vitamina de optimismo alegría, empata.

Eres Pan, Vida y Camino. 

 Que podamos confesar nuestra fe: “Yo creo, adoro, espero y te amo”.

“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

JESÚS PUESTO EN LA CRUZ

  PADRE, PERDÓNALES 

Pronto terminará el último acto de la tragedia divina. Llega el cortejo al Calvario, pequeño montecillo a las afueras de Jerusalén. Se echan los patíbulos en el suelo. 

El rostro de Jesús esta húmedo de frío sudor. 

 Los golpes de los maderos al caer, los gritos de la gente, los mandatos del Centurión parecen martillearle las sienes.



 El sol, que tanto le agradaba, imagen del Padre, justo aun con los injustos, ahora le deslumbra y le quema los párpados. Siente por todo su cuerpo una languidez, un temblor, un deseo de descanso al que toda su alma se resiste —¿no ha prometido padecer hasta lo último, cuanto sea necesario?—, y al mismo tiempo le parece amar con más desgarradora ternura a los que deja, incluso a los que trabajaron por su muerte.

 En esto, unas mujeres de Jerusalén, que solían hacer esta gracia a los reos, se adelantan y le ofrecen una bebida con el fin de aletargar los sentidos y aliviar los dolores de la cruz. 



Jesús toma el vaso y lo gusta un poquito, para mostrar su gratitud; pero no lo quiere beber. Padece y muere con todo su conocimiento y reflexión. Sería indigno del Hijo de Dios tomar bebidas que adormezcan los sentidos.

 Le mandan que se desnude, y él obedece. Dolor imponderable para una naturaleza tan idealmente pura como aquélla. 

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: —No la rasguemos, sino echemos a suertes a ver a quién le toca. 

Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica.» Esto hicieron los soldados. 

Le mandan que se tienda en el patíbulo, pues desde que han suprimido el sedil, los crucifican echados en tierra, y él obedece. 




Le cogen la mano derecha, y él no la retira, y extiende también la izquierda. 

Las manos que curaron a los leprosos y acariciaron los cabellos de los niños están ahora bajo la punta de un clavo largo de ancha cabeza. Un verdugo fuerte lo sostiene con la izquierda, mientras enarbola un pesado martillo con la derecha. Da un golpe y la carne queda atravesada; luego otro y otro. El clavo va desapareciendo en la mano y en la madera. Y Jesús sabe  que su madre, que ha subido al monte con el discípulo Juan y otras piadosas mujeres, está oyendo aquellos martillazos... 

Con el mismo rito escalofriante le clavan la mano izquierda.




 Después, mediante cuerdas y escaleras, sujetan el patíbulo, con el cuerpo pendiente, a la parte alta del mástil, y clavan los pies en la parte baja. Es dolor atrocísimo, un dolor de tendones y nervios que se rompen, que se encogen, que se agarrotan. La muchedumbre calla con la esperanza de oír los alaridos de los ajusticiados... 

Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecho y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban meneando la cabeza y diciendo:

 —Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. 




Lo mismo los sumos sacerdotes con los letrados y los notables se burlaban diciendo: —A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y le creeremos. 

Ha confiado en Dios: que Dios lo libre ahora si tanto lo quiere, ya que ha dicho que es Hijo de Dios. Incluso los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban, diciendo:

 —¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros. 

Todo lo oye Jesús Nazareno, y sus ojos se levantan y del fondo de su alma inocente, como canto de victoria sobre la carne dolorida, brotan las palabras que jamás olvidaremos: 

—¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen! 

Ninguna plegaria más divina que ésta se elevó a los cielos desde que hay hombres y oran. Pide perdón para los que le matan; y los excusa: No saben lo que hacen. Saben que matan a un inocente; no saben que este inocente es Dios. Y aunque no lo saben por culpa propia, por ceguera voluntaria, Jesús ruega por ellos, cumpliendo lo que enseñó: —Haced bien a los que os hacen mal. 

Ha sido la primera palabra de Jesús agonizante. Pronunciará otras seis, marcadas todas con una elevación y una dulzura infinitas. Estas siete palabras terminan la vida mortal de Jesús, como las ocho bienaventuranzas la habían comenzado con la revelación de una grandeza que no es de la tierra. 




Las siete palabras son la traducción sangrienta de las ocho bienaventuranzas. Jesús había comenzado por enseñarlas al mundo; muere practicándolas. Para levantar nuestras almas hasta esa altura, sube él primero. Pone sus labios en este cáliz de dolor y de amor; apura su amargo encanto hasta las heces. Tras él vendrán los enloquecidos con la misma divina locura, los Santos, que le dirán: ¡O padecer o morir! ¡Morir, no; padecer! 



 HOY MISMO 

Uno de los ladrones, cuando oye las santas palabras del Nazareno: ¡Padre, perdónales!, se calla de pronto. Aquella oración nunca oída le recuerda la edad en que era inocente y también él rezaba a Dios. Piensa luego en toda su vida de pecados, la compara con la santidad del Nazareno, y se siente acusador de sí mismo y defensor de Jesús. 

Vuélvese hacia su compañero que sigue blasfemando, y le dice: 

 —¿Ni siquiera temes tú a Dios, cuando estás para morir? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos. En cambio, éste no ha faltado en nada. 




A través de la confesión de su culpa ha llegado a la certidumbre de la inocencia del misterioso perdonador que tiene a su lado. «Nosotros hemos cometido crímenes dignos de castigo, pero éste es justo y le condenan igual que a nosotros: ¿por que le insultas? ¿No temes que Dios te castigue por haber humillado a un inocente?». 

Y recuerda lo que había oído contar de Jesús, pocas cosas, y para él poco claras. Pero sabe que ha hablado de un Reino de paz que él mismo presidirá, y que ha prometido venir al mundo como Rey al fin de los tiempos.



 Entonces, en un ímpetu de fe, como si invocase cierta comunidad entre la sangre que brota de sus manos criminales y la de aquellas manos del inocente, pronuncia una oración, cuya traducción exacta es la siguiente:

 —Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas con tu majestad real. 

Hemos sufrido juntos, ¿no reconocerás al que estaba a tu lado en la cruz, al único que te ha defendido cuando todos te ofendían? Los judíos te matan, yo confieso tu inocencia; ellos esperan verte enterrado y olvidado, yo digo que ahora empiezas a reinar y que algún día volverás a este mundo como Rey triunfante; ellos te odian como a un malhechor, yo sólo te pido que te acuerdes de mí, porque sé que eres bueno. Jesús, acuérdate de mí en el día de tu gloria, aunque aún esté lejos aquel día, aunque tarde años y siglos en llegar. Yo estaré en la última fila, pues soy un malhechor justamente condenado a muerte, tú vendrás sobre las nubes del cielo, pero... estamos agonizando muy juntos. ¡Acuérdate de mí en aquel día! Esto me basta. 

¡Qué sublime la oración del primer arrepentido que muere pronunciando el nombre de Jesús! 



Su fe es impresionante, ve un sentenciado a la cruz, y cree: «Tú eres el Rey de los siglos.» Su esperanza es colosal: le pide un recuerdo, dispuesto a esperar contestación miles de años. 

Pero Jesús no se hace esperar. Y su respuesta no es solo instantánea, sino superabundante. No un recuerdo... ¡el Paraíso! No para dentro de miles de años.. ¡hoy mismo! Se lo dice volviendo hacia él la cabeza torturada a impulsos del amor que redime. 

—Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 Estas palabras nos ofrecen un nuevo autorretrato del Corazón de Jesucristo. No ofrece bienes de la tierra. ¿De que serviría al buen ladrón ser bajado de la cruz para andar durante algunos otros años por los caminos del mundo? 



Le promete la vida eterna, la felicidad verdadera, para empezar a gozarla ahora y con él.

  Aquel ladrón había robado. Había quitado a los ricos parte de su riqueza, tal vez robó también a los pobres. Pero Jesús ha tenido siempre por los pecadores, enfermos de una enfermedad más atroz que la del cuerpo, una compasión que no ha querido esconder. ¿No vino para buscar la oveja perdida? Un solo instante de verdadera contrición basta para que él perdone y abrace. El ruego del ladrón queda inmediatamente escuchado. 

Es el último convertido por Jesús en tiempo de su vida mortal. La Iglesia, fundada en aquella promesa de Cristo, lo ha recibido entre sus Santos con el nombre de Dimas. Gran motivo de esperanza para los pecadores, en cuyos oídos no dejan de resonar las palabras de Jesús:

 —¡Padre, perdónales...! 



— Pero también gran motivo de temor. Junto a Dimas estaba el mal ladrón. Los dos vieron lo mismo, los dos sufrieron lo mismo. Y ¡uno muere arrepentido, otro muere blasfemado! El misterio infinitamente respetable de la libertad del hombre en la gracia de Dios. 

Fuente: El Drama de Jesús. j.l. Martinez S J

martes, 3 de mayo de 2022

JESÚS CON LA CRUZ CAMINO DEL CALVARIO

 VIA CRUCIS, CAMINO DE LA CRUZ 





La muerte en cruz apareció entre los judíos durante la dominación de Roma. No se aplicaba a quien tuviese derecho de ciudadanía; sino a esclavos, a malhechores insignes, a sublevados contra el imperio.

 Era tan afrentoso este tormento, que Cicerón lo llama «el supremo suplicio de los esclavos». 


La cruz no solía ser muy grande. Bastaba que el crucificado quedase un poco levantado del suelo. Tenía varias formas, pero la más corriente era la cruz de dos maderos, tal como la vemos en los crucifijos. 

A la hora de ejecutar la sentencia, el poste, o palo vertical, estaba ya clavado en tierra. Cada reo era sometido a la atroz 399 tortura de transportar hasta allá, sobre sus espaldas, el travesaño horizontal, llamado patíbulo. 

Llegado al lugar del poste, era desnudado, echado encima del patíbulo, donde le sujetaban los brazos con clavos o con cuerdas. Luego lo izaban al poste, que ya tenía sitio preparado para sostener el patíbulo, y así quedaba formada la terrible cruz, la cruz de dos maderos, la cruz del hombre clavado a los dos maderos. 

Un taco pequeño llamado sedil, sujeto al mástil, y sobre el cual quedaba cabalgando el ajusticiado, le obligaba a mantener derecho el cuerpo. 

La tensión de los músculos, la congestión de la sangre en la cabeza, en los pulmones y en el corazón, la inexplicable angustia consiguiente a una posición violenta, una fiebre intensa sobre un lecho semejante, y una sed ardiente, torturaban al infeliz sin matarlo. 

Era una espantosa picota sobre la cual había tiempo de agotar toda la amargura de la muerte. Algunos morían de hambre, al cabo de tres o más días. 

En la mayor parte de los casos, hacíase necesario rematarlos, quebrándoles las piernas. Por eso, en los últimos tiempos, habían suprimido el taco que sostenía el cuerpo, para que, colgado de cuatro llagas, el crucificado muriese antes. 

Así, la muerte se hacía más rápida, pero la agonía era más dolorosa, 

Ninguna de las ignominias ni de los dolores de este atrocísimo suplicio se ahorraran a Jesús. 



Para justificar su conducta, envolviendo la ejecución de un inocente con la de dos criminales, ordenó Pilato que saliesen con Cristo otros dos reos sentenciados a muerte. Ellos salieron renegando contra aquel Nazareno cuya ejecución aceleraba la de ellos 


La procesión del primer Viernes Santo

 Salió de la Torre Antonia, donde estaba el Pretorio, hacia el monte Calvario, distante unos 700 metros. Solemos llamar a este trayecto Vía Crucis. Camino de la Cruz. Vía Dolorosa, Calle de la Amargura.




 Abría la marcha un Centurión a caballo, aquel a quien llamaron con trágica brevedad exactor mortis, el cobrador de la muerte. Seguía el pregonero trayendo en la mano el cartel en que 400 estaba escrita la causa de la condenación de Jesús, en hebreo, griego y latín: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. 


Esta inscripción se clavará en lo alto de la cruz, y allí la leerán muchos judíos. Los príncipes la tomaran como una injuria que se les hace, después de haber proclamado que no tienen más rey que el Emperador de Roma. Por eso dirán a Pilato: 

—No escribas: «El Rey de los Judíos», sino: «Este ha dicho: Soy Rey de los Judíos, 

Mas Pilato, harto ya de tantas exigencias y gozándose de echarles en cara la clase de reyes que tenían, o persuadido de que el Nazareno era un ser superior a sus compatriotas, los despachará diciendo: 

—Lo escrito, escrito está.



 Y así quedara para todos los siglos el titulo de Rey clavado sobre el trono del dolor y del amor, sin que haya jamás fuerza humana capaz de arrancarlo. Dios lo quiere. 

Detrás del heraldo viene Jesús, y luego ambos ladrones. 

Dos filas de guerreros romanos custodian a los tres. Los precedía y los seguía una muchedumbre de curiosos, y mezclados entre ellos los príncipes de Israel, los fariseos, los doctores, los sacerdotes, los ancianos, ¡los vencedores del odiado Nazareno! 

Por estrechas y tortuosas calles camina lentamente la procesión. 



En todas partes se nota el griterío pacífico y el risueño jolgorio que precede a las grandes solemnidades populares. Mañana es el gran sábado de la Pascua judía. Todos se aprestan para la fiesta y un diluvio de luz se vuelca del sol oriental sobre las cuatro colinas 

En este ambiente de fiesta, en medio de este pueblo en fiesta, va pasando, pausada como un entierro, la comitiva lúgubre de los que llevan la cruz. Todos aguardan la noche para sentarse a la mesa familiar, y para ellos esta noche será la última. 


La gente se aparta ante el pisotear del caballo del Centurión y se detiene a mirar a los míseros que jadean y sudan bajo la temerosa carga. Los dos ladrones parecen más seguros; pero el primero, el Hombre de los Dolores, parece a cada paso no tener fuerza 401 para dar el siguiente. Extenuado por la terrible noche, por los cuatro interrogatorios, por las penosas andanzas, por las bofetadas, los palos y la flagelación; desfigurado por la hambre, el sudor, los salivazos y el esfuerzo de este último trabajo, no parece ya el joven animoso que días atrás había purificado el Templo a latigazos. 


Aquel rostro, siempre iluminado por la serenidad interior, aparece ahora deformado por contracciones que acusan la presencia de dolores insufrible. Los ojos, quemados por llanto contenido, se ocultan en las fosas de las órbitas. Las llagas de las espaldas, rozadas por los vestidos y por el patíbulo, prolongan el martirio de los azotes. Las piernas tiemblan bajo el peso del madero... «El espíritu está pronto, pero la carne es débil.» 




Desde la víspera, que había sido el principio de la agonía, ¡cuántos golpes habían herido aquellas carnes! El beso de Judas, la huída de los amigos, las ligaduras de las manos, las amenazas de los jueces, las injurias de los guardias, la cobardía de Pilato, los gritos de muerte, los ultrajes de los legionarios, y aquel ir con la cruz a cuestas entre las sonrisas y desprecios de aquellos a quienes ama. 




Según piadosas tradiciones, una mujer valiente, atravesando la fila de los lanceros romanos se acercó a Jesús con un lienzo blanco; le enjugó el rostro sudoroso, ensangrentado. Y como recompensa u obsequio de tanta piedad, de tanto amor, se llevó impresa la faz augusta de Jesús redentor en aquel mismo lienzo... ¡el lienzo de la Verónica! 





También la piadosa tradición refiere que Jesús, en aquel camino hacia el Calvario, cayó tres veces bajo el peso del patíbulo.  



Y el Evangelio nos dice que los ejecutores de la sentencia, temiendo tal vez que el Nazareno se les muriese antes de llegar al final, obligaron a un hombre, Simón de Cirene, que volvía de su granja, a llevar la cruz de Jesús detrás de él. Sabemos que dos hijos de este honrado campesino, Alejandro y Rufo, fueron cristianos; y es muy probable que él mismo los convirtiera a Cristo, al contarles la muerte de que fue obligado testigo, y aquella mirada de divina gratitud que Jesús le dirigió al sentirse aliviado del tremendo peso. 



También nos dice la tradición que en esta Calle de la Amargura la Virgen María salió al encuentro de su Hijo; tiernamente se miraron, como queriendo mutuamente consolarse; mas el martirio del Hijo aumentó el martirio de la Madre, y el dolor de la Madre se clavó en el Corazón del Hijo. 




Sumido en el silencio de los grandes dolores avanza Jesús, sintiendo en su alma la tragedia pavorosa del pueblo que a su alrededor curiosea y ríe y grita. Sólo una palabra suya pronunciada en este camino nos ha conservado el Evangelio: Las dirigió Jesús a un grupo de mujeres que le seguían llorando: 

—Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos. 

Y como razón de este llanto final, les predice el castigo que vendrá sobre la ciudad que lo arroja a morir fuera de sus murallas:



 —Porque llegará día en que dirán... a los montes: «desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «sepultadnos» porque si en el árbol florido se hace esto que veis, ¿qué no se hará en el árbol seco?


Fuente; El Drama de Jesús de J l Martinez. SJ

domingo, 1 de mayo de 2022

EL ANGEL DE ARALAR EN PAMPLONA....FINAL

 Este lunes 25 de abril el Ángel de Aralar llegará a la ciudad de Pamplona en la visita, que según costumbre, tiene lugar cada año en la semana siguiente a la Pascua de Resurrección, comprendida este años los días 25 y 30 de abril. 



 Será a las 19.30 horas cuando la efigie de San Miguel de Aralar sea recibida por los pamploneses en el portal de Taconera, y trasladada, por la calle de San Gregorio –como corresponde a los años pares- hasta la parroquia de San Nicolás, donde se ofrecerá para su veneración. 


 En los días siguientes, la figura del Ángel recorrerá diferentes lugares, entre parroquias, colegios, instituciones y entidades de distintos tipos. 

Entre las visitas programadas se encuentra la correspondiente al Ayuntamiento de Pamplona que tendrá lugar el martes 26 de abril a las 17.30 horas. 

 Finalmente, el sábado día 30 de abril, tras la celebración de la eucaristía, a las 19.30 horas en la parroquia de San Lorenzo, se realizará la bendición de los campos en el parque de Antoniutti y se emprenderá el recorrido a pie hasta el Cementerio de San José

Tras atravesar el mismo, se llevará a cabo la despedida en el puente de Miluze sobre el río Arga.


 HORARIOS Y RECORRIDOS DE SAN MIGUEL DE ARALAR EN PAMPLONA 

Jueves, 28 de abril 

9,15 h. Ikastola Paz de Ziganda 10,00 h. Colegio Irabia 11,45 h. Tribunal Superior de Justicia de Navarra 12,30 h. Centro Infanta Elena 13,00 h. Colegio San Cernin 14,00 h. Casa Misericordia 16,30 h. Jaso Ikastola 17,00 h. Clínica Universidad de Navarra 19,30 h. Parroquia Cristo Rey 

20,30 h. Colegio Bidasoa 

San Miguel es el arcángel guerrero, capitán de los ejércitos celestiales, príncipe de la lucha contra los ángeles rebeldes. 





Es citado en la #Biblia, en varios libros del Antiguo Testamento y en el #Apocalipsis, donde salva a la mujer que acaba de dar a luz, símbolo de la #Virgen y de la #Iglesia, y lucha contra el #dragón de siete cabezas, expresión suprema del mal, al que vence. 



Sin embargo, esta efigie del santuario de #Aralar presenta una imagen mucho más original y más significativa desde el punto de vista teológico, la del #Arcángel, enarbolando sobre su cabeza la cruz de #Cristo.



 Esta imagen de madera revestida de plata sobredorada, posee una cruz engastada en lata con los fragmentos del #LignumCrucis que se guardaban en una arqueta de marfil, en el sagrario de la Capilla de San #Miguel.



 Viernes, 29 de abril

 8.30 h., Colegio Ntra. Sra. del Huerto 9,20 h., Archivo Real y General de Navarra 10,00 h. Irabia infantil 10.30 h. Izaga. Irabia femenino 11,00 h. San Fermin Ikastola 11,45 h. Residencia El Vergel 12,15 h. Colegio El Redín 13,15 h. Seminario Diocesano 16,00 h. Residencia Amma Argaray 17,00 h. Clínica San Fermín (Arrondo) 17,30 h. Madres Angélicas 18,00 h. Parroquia de San Agustín 18,30 h. Padres Carmelitas 19,00 h. Parroquia S. Francisco Javier 20,00 h. Parroquia Nuestra Señora del Huerto 20,45 h. Sociedad Anaitasuna 21,45 h. Auroros de Santa María Sábado, 30 de abril 8,15 h. Parroquia de La Asunción 9,30 h. Madres Reparadoras 10,00 h. Parroquia San Alberto Magno 10,45 h. Comunidad de Oblatas 11,15 h. Parroquia Santa Vicenta María 12,15 h. Parroquia Nuestra Señora de La Paz 16,30 h. Parroquia del Corpus Christi 17,30 h. Hermandad de la Pasión del Señor 18,30 h. Iglesia de la Inmaculada (PP. Jesuitas); 



19,30 h. Parroquia de San Lorenzo 


Recibimiento antes  de la Eucaristia



















Con el canto del Veni Creator Spiritus, himno de la Víspera de Pentecostés, se despidió en Antoniuti de Pamplona San Miguel de Aralar, con la bendición a los campos y a los presentes. 







La visita, que en un lustro celebrará su 900 aniversario, se remonta al 12 de abril de 1127



Bendición de los campos en Antoniutti Visita al Cementerio de San José y recorrido hasta el puente de Miluze