Misioneros: pan partido para el mundo
1.- Amar a Dios, con toda nuestra alma y con todo nuestro ser, tendría que suponer, en esta jornada misionera, potenciar los mismos sentimientos con los que tantos miles de misioneros/as se han sentido empujados para dejar, tierra y familia llevando el amor de Dios a tantos rincones conocidos o perdidos de la tierra.
El pan partido para el mundo, Jesús, se siembra, se siega, se cuece y se ofrece con el testimonio y la valentía, la audacia y el desprendimiento de hombres y de mujeres que –lejos de esa espiral de egoísmo que nos invade- salen de sí mismos multiplicándose en pan material y espiritual especialmente en las zonas más desfavorecidas de nuestro planeta.
¿Os habéis parado a pensar qué es lo primero que preguntan a un misionero cuando llega a su misión? ¿Os habéis detenido a pensar que es lo qué nos preguntan a los que estamos en la zona de la opulencia y del bienestar?
A los primeros les dicen: ¿qué nos traen?, ¿por qué Dios nos ama?, ¿quién es Dios?, ¿es verdad que somos hermanos?
A los segundos, por el contrario, nos desconciertan frases como las siguientes: ¿por qué siempre dicen Vds. lo mismo?, ¿por qué no son más breves sus homilías?, ¿es necesario ir a misa para hacer la primera comunión?, ¿por qué tenemos que enviar a nuestros hijos a la catequesis?
Son los contrastes de los que tienen hambre de Dios con aquellos otros que están cansados porque, ni tan siquiera, se han molestado en conocerle aunque sean sus hijos por el Bautismo. En unos la fe llega como novedad, en otros, se transmite más como derecho que como regalo de Dios.
2.- La Jornada Misionera del Domund tiene esa vertiente solidaria hacia tantos países que conocen a Jesucristo pero que necesitan de nuestra ayuda espiritual y económica. Hacia aquellos otros países que ni tan siquiera han oído pronunciar el nombre de Jesús. Hoy, también, pensamos en aquellos otros donde con frecuencia, Jesucristo, ha quedado relegado a un fenómeno cultural, a una referencia o reflexión histórica pero sin consecuencias prácticas a la hora de la verdad.
Estamos a punto de iniciar el V Centenario del nacimiento de San Francisco Javier (patrón de las misiones junto con Santa Teresita del Niño Jesús). ¿Qué diría hoy este Santo si volviese a la tierra que le vio nacer y contemplase cristianos que viven como si no lo fueran? ¿Qué reacción tendría si viese que la vida cristiana no está formada ni formulada en muchas personas, porque son incapaces de retener o de aprender unas oraciones?
Posiblemente, San Francisco Javier, inventaría otra jornada mundial para recuperar a los cristianos que han quedado fríos por el camino. Llamaría, de puerta en puerta, despertando el entusiasmo por la persona de Jesucristo.
3.- Hoy, en esta Jornada Mundial de la Propagación de la Fe, no nos podemos centrar solamente en aquellos continentes donde tradicionalmente se ha focalizado esta jornada. Hoy, en Europa y en aquellas sociedades asentadas económicamente, Dios ha pasado a ser, en muchos casos, un nombre anónimo, indiferente e invisible en el corazón para muchos ciudadanos, la iglesia un ente desconocido cuando no lapidado o desprestigiado, Jesucristo un personaje histórico y la fe algo del pasado.
¿Qué es amar a Dios sobre todas las cosas? Es querer que en nuestra familia y en nuestra sociedad esté presente como un punto de referencia y motor en el vivir de muchas personas.
¿Resumimos el Evangelio?
En diversas ocasiones los encargados de una ponencia o los llamados a desarrollar un tema, suelen concluir con la siguiente coletilla: “en resumen” o “resumiendo”. También, Jesús de Nazaret, nos hace una síntesis de todo aquello por lo que El se ha movido, ha hablado y actuado: el amor de Dios en beneficio del hombre. ¿Sirven unas normas que sean cumplidas sin ser tener en cuenta la razón por las que se pensaron? ¿Son las leyes, por lo menos algunas, resorte de los derechos humanos, paradigma de la dignidad de las personas?
1.- Hoy, en un mundo convulsionado, confundido,complicado y en el que día a día, una y otra vez, nacen leyes –consensuadas por una mayoría- en pro del bienestar, nos podríamos preguntar: ¿Son esas leyes justas o injustas? ¿Favorecen a todos o a una minoría? ¿Están encaminadas al bien común o al bien particular? ¿Están regidas desde la ética y la moral o desde el simple capricho? El Evangelio de este día nos da la tónica que ha de llevar en su vida un cristiano: el amor a Dios y al prójimo ha de sostener lo que somos, decimos y hacemos.
Los escribas que tentaban aJesús intentaban desempeñar al dedillo nadamás y menos que 613 mandamientos. Con ello, sin darse cuenta, miraban tanto al libro que olvidaban al autor; se fijaban tanto en la letra que vivían de espaldas al espíritu con el que fue escrita; adornaban de tal manera su existencia que, escasamente, percibían el dolor o las miserias de aquellos que les rodeaban. Porque, la cuestión, no era quién cumplía más y mejor la Ley. Jesús pone el dedo en la llaga y les recuerda que, el amor a Dios, pasa necesariamente por el amor al prójimo. No nos puede ocurrir como aquel conductor que presumía de un cumplimiento perfecto del código de normas del tráfico pero, en esa obsesión, apenas disfrutaba ni del paisaje que cruzaba con sus coches en sus numerosos viajes y, lo que es peor, dejaba a pie de carretera a personas que necesitaban su auxilio o su atención.
2.- Hoy, sin embargo, me da la impresión que –también este mandamiento angular del amor- muchos de nosotros, y también de los que no están en esta Eucaristía, lo entendemos o lo vivimos a nuestra manera. A menudo solemos decir y escuchar: “yo amo a Dios y no necesito de la Iglesia” “yo hago el bien y, eso, es suficiente”. Y, en estas frases, que pueden ser pancarta de una gran verdad, también pueden darse motivos para la autojustificación, para no beber de las fuentes de la Palabra o, incluso, para amar a Dios y al prójimo…pues eso…”a nuestra manera” pero no “a la manera de Dios”. ¿No os parece que esto es así?
–Cuando decimos “yo amo a Dios” ¿Lo hacemos con todas las consecuencias, en todo y sobre todo?
–Cuando presumimos de hacer el bien ¿Lo hacemos sin distinción, todos los días y a todas las horas como Dios mismo nos ama?
–Cuando, en un intento de posicionarnos al margen de la vivencia religiosa, solemos afirmar que “lo importante es hacer el bien” ¿no os parece que, en el fondo,se esconde una ideología en la que Dios cuenta poco o nada?
3.- Sí, hermanos. De sobra sabemos que amar a Dios y al prójimo es el resumen o la síntesis de todo el evangelio. Pero, cuando uno descubre el amor que Dios nos tiene (y, en contrapartida, el amor que hemos de ofrecer a los demás) es cuandocae en la cuenta que, el resto de los mandamientos, apuntalan todo ese edificio amoroso en el que conviven, disfrutan y se encuentran el amor divino con el amor humano.
O dicho de otra manera: quien ama a Dios, sobre todas las cosas y quien se vuelca en el prójimo como en uno mismo es porque, a la fuerza, cumple a la perfección el resto de los mandamientos. ¿O no?
4.- EN RESUMEN
Ayúdame a entregarme y amar
y a no buscar razones para amar
Ayúdame, Señor, a perdonar
y a no filtrar interesadamente el perdón
Ayúdame, Señor, a conocerte
y a no excusarme con decir que “ya te conozco”
EN RESUMEN, SEÑOR
Recuérdame que, no es tan importante
el que yo sepa mucho de Ti
cuanto que yo te quiera de verdad
Que lo esencial no es fijarme en la letra
sino en las consecuencias que al leerla
para mi vida entraña y exige
EN RESUMEN, SEÑOR
Indícame cómo escuchar y vivir tu Palabra
Cómo cumplir y vivir tu Ley
En dónde poner el acento
y de donde quitarlo
Dónde y cómo está el prójimo
y no “mi amigo querido”
EN RESUMEN, SEÑOR
Que no sea un sabelotodo
y si un eternamente abierto a todos
Que no presuma de haberte conocido
cuando, por lo que sea,
doy la espalda a mi hermano
Que no caiga en la vanidad de creerme perfecto
cuando, bien de sobra sé, que Tú sólo eres el Santo
EN RESUMEN, SEÑOR
Ayúdame a mirar con amor
como Tú miras
Ayúdame a ver las cosas
como Tú las ves
Ayúdame a caminar
con tus mismos pasos
Ayúdame a vivir
con tus mismos pensamientos.
Pues, sé Señor, que la letra a veces mata
pero tu Espíritu siempre da la vida.
Amén.
Ante el miedo… oremos
1.- Había quedado atrás aquel milagro espectacular de la multiplicación de los panes y de los peces. Los discípulos, sin pensárselo dos veces, subieron a la barca invitados por Jesús.
Con aquel Señor que cumplía lo que decía, que multiplicaba a miles, panes y peces, merecía la pena ser seguido y obedecido. ¡Qué mejor seguridad que caminar con tan buen cayado!
Pero, como en las películas, en el seguimiento a Jesús hay escenas de miedo. Momentos donde parece detenerse la felicidad. Instantes que uno quisiera pasar rápidamente para llegar al final cuanto antes.
Los discípulos se embarcaron en aquella aventura que Jesús les sugirió. Pronto comenzaron las dificultades. Las aguas turbulentas, el mar embravecido les hizo comer su propia realidad: seguir a Jesús no implica vivir al margen de las pruebas, de los sufrimientos o de los temores. Eso sí, vivir con Jesús, aporta la fortaleza y serenidad necesarias para seguir adelante y para que nunca, las zancadillas, sean mayores que nuestra capacidad para sortearlas.
2.- Uno, cuando es creyente convencido (no solo bautizado) pone sus afanes no solamente en la exclusividad de sus fuerzas y carismas. Jesús, aún siendo Hijo de Dios, necesitaba de ese “tú a tú” de la oración. Escogía espacio y tiempo, lugares y silencio para un coloquio con Dios.
A Jesús, en su experiencia de Getsemaní, se le diluyeron los miedos y las ganas de renunciar a su misión, por el contacto íntimo con Dios. ¿No será que nuestras fragilidades y cobardías son fruto de nuestra deficitaria comunión o comunicación con el Señor?
3.- ¡No tengáis miedo! Nos dice el Señor en este domingo. En pleno verano y con un sol de justicia, buscamos sombrillas y lociones que nos hagan más llevadero el tórrido calor. Tenemos miedo a quemarnos y miedo al dolor. La fe, cuando está sólidamente fundamentada y enganchada en Jesús, es la mejor sombrilla y la mejor loción que podemos utilizar para evitar quemaduras en el alma y sonrojo en el rostro.
Estamos en unos tiempos donde hemos de saber contemplar la presencia de un Dios que nos está tensando un poco. Que está purificando nuestro discipulado. Nuestra pertenencia a su pueblo.
4.- Hoy, como Pedro, gritamos aquello de ¡Señor, sálvame! Dejemos un margen de confianza al Señor. Lancémonos a las aguas de nuestro mundo sin miedo a ser engullidos por ellas. Si, el Señor va por delante, tenemos las de ganar. El es el dueño de la barca. El sentido de nuestra historia. El fin de nuestra oración y de nuestra entrega. En el silencio aparente, en la ausencia dolorosa es donde hemos de aprender a buscar y a ver el rostro del Señor que, un domingo más y en pleno verano, nos grita: ¡Animo soy yo, no tengáis miedo!
En el silencio, busquemos a Dios
¡Cuánto ruido a nuestro alrededor! ¡Cuántas imágenes que, distraen sin quererlo, nuestra atención de lo esencialmente importante!
1.- ¿Y Dios? ¿Dónde hemos dejado a Dios? Porque, a Dios, no se le busca en lo extraordinario. Al Señor no se le encuentra en los terremotos o señales prodigiosas como, por ejemplo, presentía Elías en el monte Horeb. A Dios, unos en este verano que estamos disfrutando, otros allá donde os encontréis, le podemos hallar en el silencio, en la soledad, en la contemplación y, sobre todo, en la confianza.
Sí; nuestra fe es confiar en Aquel al cual seguimos. Nuestra fe supone dar un voto de confianza, un día sí y otro también, a un Jesús que –cuando observa nuestro corazón volcado en El- es capaz de hacernos caminar sobre las aguas turbulentas de nuestra vida. Pedro ¡el primer Papa! tuvo indecisión, dudas, incertidumbre. Ello le valió el hundirse bajo las mismas aguas sobre las cuales el Señor caminaba. ¿Qué ocurrió? ¿Le engañó Jesús? ¡No! Se engaño él mismo: Pedro miraba a Jesús pero, a la vez, miraba al fondo del mar. Pedro miraba a Cristo, y con el rabillo del ojo izquierdo, procuraba que su manto no fuera envuelto por una tímida ola.
2.- Nuestra fe no es un cúmulo de certezas. Pero, nuestra fe, es vivir en la certeza de que el Señor nos acompaña. Que nada, ni nadie, nos podrá apartar de su dulce presencia. ¿Lo sentimos así? ¿Caminamos sobre las aguas de la vida conscientes de que, el Señor, es dueño de bravo oleaje y señor de la repentina calma?
En los pequeños detalles de cada día. En la tormenta (cuando nos asolan los problemas y parece que son más grandes que nuestra capacidad para hacerles frente); en la calma (cuando sentimos una felicidad indescriptible pero que llena de paz nuestro interior); en las luchas (cuando procuramos afanarnos en algo y superarnos a nosotros mismos); en un saludo o un encuentro, en un apretón de manos o en una reconciliación que teníamos como asignatura pendiente. ¿No nos damos cuenta que, tal vez, es donde el Señor habla y nos hace caminar sobre las aguas?
3.- Nos hemos de acostumbrar a sentir a Dios en lo pequeño. Vino diminuto en Belén y..en la pequeñez Dios se quiso acercar al hombre. No pretendamos, por ello mismo, coger la escalera de los sucesos extraordinarios o de la grandeza, para llegarnos hasta Dios. La brisa, de la cual nos habla la primera lectura, o las aguas bravías del Evangelio de este día, nos pueden llevar a comprender dos cosas: el Señor nos viene de la forma más sorprendente que podamos imaginar y, por otro lado, sólo nos exige fe. ¿Seremos capaces de ofrecérsela? ¿Lo intentamos? ¡Feliz Domingo, amigos! ¡Caminemos sobre las aguas pero, eso sí, miremos de frente al Señor!
4.- TENGO MIEDO, SEÑOR
A que tu barca, la barca de tu Iglesia,
me lleva a horizontes desconocidos
A que, tu Palabra, veraz y nítida
deje al descubierto el “pedro”
que habita en mis entrañas.
TENGO MIEDO, SEÑOR
De caminar sobre las aguas de la fe
De nadar contracorriente
De mirarte y estremecerme
De hundirme en mis miserias
y en mis tribulaciones
en mi falta de confianza
y…de mis exigencias contigo.
TENGO MIEDO, SEÑOR
De que me vean avanzando
en medio de las olas del mundo
con las velas desplegadas de la fe
Que me divisen, de cerca o de lejos,
navegando en dirección hacia Ti
TENGO MIEDO, SEÑOR
De que, en las dificultades,
no respondas como yo quisiera
Que, en las tormentas,
no me rescates a tiempo
Que, en la lluvia torrencial,
no acudas en mi socorro.
Por eso, porque tengo miedo, Señor,
mírame de frente, de costado y de lado
para que, en mis temores,
Tú seas el Señor
El Señor que venga en mi rescate.
Amén.
¡Cuánto ruido a nuestro alrededor! ¡Cuántas imágenes que, distraen sin quererlo, nuestra atención de lo esencialmente importante!
1.- ¿Y Dios? ¿Dónde hemos dejado a Dios? Porque, a Dios, no se le busca en lo extraordinario. Al Señor no se le encuentra en los terremotos o señales prodigiosas como, por ejemplo, presentía Elías en el monte Horeb. A Dios, unos en este verano que estamos disfrutando, otros allá donde os encontréis, le podemos hallar en el silencio, en la soledad, en la contemplación y, sobre todo, en la confianza.
Sí; nuestra fe es confiar en Aquel al cual seguimos. Nuestra fe supone dar un voto de confianza, un día sí y otro también, a un Jesús que –cuando observa nuestro corazón volcado en El- es capaz de hacernos caminar sobre las aguas turbulentas de nuestra vida. Pedro ¡el primer Papa! tuvo indecisión, dudas, incertidumbre. Ello le valió el hundirse bajo las mismas aguas sobre las cuales el Señor caminaba. ¿Qué ocurrió? ¿Le engañó Jesús? ¡No! Se engaño él mismo: Pedro miraba a Jesús pero, a la vez, miraba al fondo del mar. Pedro miraba a Cristo, y con el rabillo del ojo izquierdo, procuraba que su manto no fuera envuelto por una tímida ola.
2.- Nuestra fe no es un cúmulo de certezas. Pero, nuestra fe, es vivir en la certeza de que el Señor nos acompaña. Que nada, ni nadie, nos podrá apartar de su dulce presencia. ¿Lo sentimos así? ¿Caminamos sobre las aguas de la vida conscientes de que, el Señor, es dueño de bravo oleaje y señor de la repentina calma?
En los pequeños detalles de cada día. En la tormenta (cuando nos asolan los problemas y parece que son más grandes que nuestra capacidad para hacerles frente); en la calma (cuando sentimos una felicidad indescriptible pero que llena de paz nuestro interior); en las luchas (cuando procuramos afanarnos en algo y superarnos a nosotros mismos); en un saludo o un encuentro, en un apretón de manos o en una reconciliación que teníamos como asignatura pendiente. ¿No nos damos cuenta que, tal vez, es donde el Señor habla y nos hace caminar sobre las aguas?
3.- Nos hemos de acostumbrar a sentir a Dios en lo pequeño. Vino diminuto en Belén y..en la pequeñez Dios se quiso acercar al hombre. No pretendamos, por ello mismo, coger la escalera de los sucesos extraordinarios o de la grandeza, para llegarnos hasta Dios. La brisa, de la cual nos habla la primera lectura, o las aguas bravías del Evangelio de este día, nos pueden llevar a comprender dos cosas: el Señor nos viene de la forma más sorprendente que podamos imaginar y, por otro lado, sólo nos exige fe. ¿Seremos capaces de ofrecérsela? ¿Lo intentamos? ¡Feliz Domingo, amigos! ¡Caminemos sobre las aguas pero, eso sí, miremos de frente al Señor!
4.- TENGO MIEDO, SEÑOR
A que tu barca, la barca de tu Iglesia,
me lleva a horizontes desconocidos
A que, tu Palabra, veraz y nítida
deje al descubierto el “pedro”
que habita en mis entrañas.
TENGO MIEDO, SEÑOR
De caminar sobre las aguas de la fe
De nadar contracorriente
De mirarte y estremecerme
De hundirme en mis miserias
y en mis tribulaciones
en mi falta de confianza
y…de mis exigencias contigo.
TENGO MIEDO, SEÑOR
De que me vean avanzando
en medio de las olas del mundo
con las velas desplegadas de la fe
Que me divisen, de cerca o de lejos,
navegando en dirección hacia Ti
TENGO MIEDO, SEÑOR
De que, en las dificultades,
no respondas como yo quisiera
Que, en las tormentas,
no me rescates a tiempo
Que, en la lluvia torrencial,
no acudas en mi socorro.
Por eso, porque tengo miedo, Señor,
mírame de frente, de costado y de lado
para que, en mis temores,
Tú seas el Señor
El Señor que venga en mi rescate.
Amén.
Ante las dificultades: el remo de la oración
1. Había quedado atrás aquel milagro espectacular de la multiplicación de los panes y de los peces. Los discípulos, sin pensárselo dos veces, subieron a la barca invitados por Jesús.
Con aquel Señor que cumplía lo que decía, que multiplicaba a miles, panes y peces, merecía la pena ser seguido y obedecido.
Pero, como en las películas, en el seguimiento a Jesús hay escenas de miedo. Momentos donde parece detenerse la felicidad. Instantes que uno quisiera pasar rápidamente para llegar al final cuanto antes.
Los discípulos se embarcaron en aquella aventura que Jesús les sugirió. Pronto comenzaron las dificultades. Las aguas turbulentas, el mar embravecido les hizo comer su propia realidad: seguir a Jesús no implica vivir al margen de las pruebas, de los sufrimientos o de los temores. Eso sí, vivir con Jesús, aporta la fortaleza y serenidad necesarias para seguir adelante y para que nunca, las zancadillas, sean mayores que nuestra capacidad para sortearlas.
2. – Uno, cuando es creyente convencido (no solo bautizado) pone sus afanes no solamente en la exclusividad de sus fuerzas y carismas. Jesús, aún siendo Hijo de Dios, necesitaba de ese “tú a tú” de la oración. Escogía espacio y tiempo, lugares y silencio para un coloquio con Dios.
A Jesús, en su experiencia de Getsemaní, se le diluyeron los miedos y las ganas de renunciar a su misión, por el contacto íntimo con Dios. ¿No será que nuestras fragilidades y cobardías son fruto de nuestra deficitaria comunión o comunicación con el Señor?
¡No tengáis miedo! Nos dice el Señor en este domingo. En pleno verano y con un sol de justicia, buscamos sombrillas y lociones que nos hagan más llevadero el tórrido calor. Tenemos miedo a quemarnos y miedo al dolor. La fe, cuando está solidamente fundamentada y enganchada en Jesús, es la mejor sombrilla y la mejor loción que podemos utilizar para evitar quemaduras en el alma y sonrojo en el rostro.
3.- Estamos en unos tiempos donde hemos de saber contemplar la presencia de un Dios que nos está tensando un poco. Que está purificando nuestro discipulado. Nuestra pertenencia a su pueblo.
Hoy, como Pedro, gritamos aquello de ¡Señor, sálvame! Dejemos un margen de confianza al Señor. Lancémonos a las aguas de nuestro mundo sin miedo a ser engullidos por ellas. Si, el Señor va por delante, tenemos las de ganar. El es el dueño de la barca. El sentido de nuestra historia. El fin de nuestra oración y de nuestra entrega. En el silencio aparente, en la ausencia dolorosa es donde hemos de aprender a buscar y a ver el rostro del Señor que, un domingo más y en pleno verano, nos grita: ¡Animo soy yo, no tengáis miedo!












