sábado, 30 de noviembre de 2013

JUAN PABLO II Y SUS MONTAÑAS

ZAKOPONE 6 JUNIO DE 1997

Escrito de Alfa y Omega

 


A lo largo de sus ya casi veinte años de pontificado, he tenido muchas ocasiones de ver a Juan Pablo II conmovido: la presencia de un ser humano que sufre, sobre todo si es un niño, o las condiciones inhumanas de miseria en que malviven poblaciones enteras -lo recuerdo en el barrio de Tondo de la periferia de Manila, o silencioso y con los ojos encendidos en los infectos recovecos de las favelas, en las inmensas aglomeraciones africanas de chabolas destartaladas-, conmueven a cualquier ser humano que tenga la cuarta parte de sensibilidad que este Papa.

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 Pero llorar, lo que se dice llorar, emocionado hasta no poder dominar las lágrimas, no lo había visto hasta el otro día, en Zakopane, al pie de sus montes Tatra, confidentes de tantos sueños e ilusiones íntimas de este singular y querido montañero que ha vuelto, quién sabe si por última vez, a decir adiós a las montañas de su amada Polonia...


 Se han juntado muchas cosas, demasiadas, en esta humanísima visita comprensiblemente, buscadamente larga, a sus gentes y tierras; una visita pastoral, sí, pero no sólo pastoral. un retardado y largo adiós. Como si le costase mucho, mucho a Karol Wojtyla, el sacerdote, el poeta, el obrero, el perseguido, el deportista, el huérfano, el maestro... despedirse.

El cariño de sus compatriotas, la sintonía espiritual irrepetible fuera de allí, los recuerdos concentrados de toda una vida que son muchas vidas, todo ello junto, le ha hecho llorar al Papa. Todo el mundo pudo verlo en los primeros planos, impresionantes, de la tele con sensibilidad de informar de lo que realmente merece la pena. La emoción le ha rendido.





 Ha podido más que él, y eso le engrandece sobremanera, todavía más, si es que fuera posible, y acentúa la fuerza de su figura y de su mensaje de Evangelio y de vida: Seáis creyentes o no, sed solidarios con la vida... Probablemente, el Papa no descarta regresar otra vez a su Polonia.

 Ni Danzig ni Varsovia han estado en el programa de este viaje; pero probablemente él sabía que decía adiós a la nieve de sus montes Tatra, cuyos senderos y veredas se sabe de memoria, a las ciudades y pueblos que le han aplaudido en Wroclaw, Gniezno, en su Czestochowa y en su Cracovia del alma...


 No se enteran, o no quieren enterarse, nuestros periódicos que publican editoriales prefabricados de antemano y politizan el problema del aborto cuando el Papa está hablando de que capitalismo, no, y luego, cuando habla del aborto, se callan. No se enteran nuestros columnistas que ironizan sobre Juan Pablo II y Teresa de Calcuta y les llaman personajes «pictóricos», y aseguran, muy serios ellos, que «la Iglesia no ha rehumanizado el mundo», pero el hecho es que si quieren escribir una columna medianamente humana, tienen que recurrir a Teresa de Calcuta y a Juan Pablo II.



 Hacía frío estos días allá arriba, en el otro pulmón de Europa, pero Juan Pablo II bromeaba con sus monseñores italianos: Vosotros es que sois meridionales... Yo, como soy del norte, me encuentro de primera. Luego se lo contará a los niños de catequesis en la próxima parroquia romana que visite, ya lo verán.

Oye, Papa, le soltó una niña el otro día cuando le regaló un caramelo porque Juan Pablo II cumplía 77 años; yo, cuando cumplo años, tengo que hacer un propósito. ¿Tú, qué propósito has hecho? Tras medio minuto de estupor del bueno, el Papa le dio un beso y le dijo: Pues... que trataré de ser más bueno... A lo mejor, hasta se lo cuenta en Viena, la semana que viene, al Patriarca de Moscú y al de Constantinopla, que no tiene ganas de perder el tiempo, y de aquí al 2000 aún hay mucha tela que cortar...


Total, a lo que iba: que en este hombre de 77 años, que llora de emoción en su Patria, se concentran no sólo las miradas y las manos, sino las esperanzas de muchos millones de seres humanos. Cada vez, más, aunque algunos no quieran enterarse. Y que hay viejos... y viejos. Y que, aunque la vida le ha zurrado de lo lindo a Karol Wojtyla, no veo yo por ninguna parte, la verdad, por más que miro, al anciano que tira la toalla, resignado a su normal decadencia física y a su inesquivable fragilidad humana. Veo, sí, a un Karol Wojtyla anciano, pero «viejo», rendido..., ni por lo más remoto.


 Claro que no es el fornido montañero de Wadowice, como le llamaba el cardenal Wiszinsky, que le aseguró: Tú llevarás la Iglesia de Cristo al año 2000. Claro que anda despacio y le tiembla la mano en la que recibió el tiro que quería acabar con él; claro que le pesa en sus hombros , como acaba de escribir Luigi Accatoli, en Il Corriere della Sera, tanta cruz que le encurva la espalda. Claro. Todo lo que quieran. Todo, menos que es un Papa «viejo»... Hay quien vuelve a las manos del Creador sin haber sido viejo jamás.

Homilia de de Misa celebrada ese día-
http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/hw2.htm


Joaquín Navarro-Valls: Algunos martes Juan Pablo II se escapaba de incógnito a las montañas

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